Transformaciones del Estado y organizaciones internacionales
Introducción
La promesa de un ‘momento unipolar’ estable, liderado por Estados Unidos, que surgió tras la Guerra Fría, ha dado paso a un sistema internacional mucho más complejo y conflictivo. El
mundo actual se caracteriza por la multipolaridad, donde diversas potencias regionales –China, India, Brasil, Turquía, entre otras– ejercen influencia no solo mediante los medios tradicionales de poder estatal, sino también a través de nuevas innovaciones institucionales y normativas. Este cambio indica que el orden global ya no está definido por un único hegemón, sino por múltiples centros de poder que se superponen, cada uno promoviendo modelos de gobernanza, desarrollo y seguridad distintos.
En este contexto, el regionalismo ha emergido como estrategia y escenario de conflicto. Organizaciones regionales, como la ASEAN, la Unión Africana, el Mercosur y la CELAC ofrecen plataformas para la negociación colectiva, la creación de normas y la resistencia a la dominación externa, a la vez que se convierten en escenarios de rivalidad entre las grandes potencias. Al analizar estas dinámicas, podemos comprender mejor cómo la multipolaridad está configurando las normas, las prácticas y las identidades de las relaciones internacionales. Lejos de un orden global puramente uniforme, el sistema actual se basa cada vez más en la interacción de visiones regionales sobre soberanía, cooperación y justicia.
La concepción de soberanía de Westfalia (1648) se basa en la idea de autoridad suprema dentro de fronteras territoriales definidas. Sin embargo, la globalización la desafía al introducir múltiples niveles de autoridad: organizaciones internacionales, empresas transnacionales, ONG e incluso redes digitales, cada una capaz de influir en decisiones que antes eran exclusivas del Estado.
Erosión vs. transformación. Mientras que autores como Telò (2014) argumentan que la globalización erosiona la soberanía, otros (Held, 1995; Krasner, 1999) sugieren que la soberanía no desaparece, sino que se rearticula. Los Estados delegan estratégicamente poderes para ganar legitimidad.
Perspectiva del Sur Global. Para los países en desarrollo, la globalización a menudo amplifica las dependencias asimétricas. Su soberanía no solo se ve diluida por las instituciones supranacionales, sino también limitada por Estados y corporaciones poderosas que establecen las normas de la gobernanza global. Esto crea lo que Roniger (2022) denomina ‘, una situación donde la autonomía se conserva formalmente, pero se ve socavada sustancialmente.
Para conocer más sobre Soberanía, puedes leer el siguiente artículo ¡Accede aquí!
Figura 2
Organizaciones internacionales
Nota. Aquí se ilustran unas de las principales organizaciones internacionales existentes al año 2025.
Reproducido de: El blog de Mariate y Gloria. (2019, 9 mayo). Organizaciones internacionales. https://elblogdemariate.home.blog/2019/05/09/organizaciones-internacionales/
La integración económica obliga a los Estados a acatar normas que limitan su soberanía política:
Limitaciones institucionales. La OMC, el FMI y el Banco Mundial imponen condicionamientos estructurales que reducen el margen de maniobra para las políticas industriales, fiscales y sociales.
Solución de controversias inversor-Estado. Mediante tratados bilaterales de inversión y acuerdos de libre comercio, las empresas pueden demandar a los Estados ante tribunales de arbitraje.
Soberanía compartida/colectiva Newman, Thakur y Triman (2006) describen esto como una soberanía ‘colectiva’ en marcos supranacionales. La eurozona lo ejemplifica: los Estados miembros cedieron el control de la política monetaria al BCE, ganando estabilidad pero perdiendo flexibilidad en la gestión de crisis.
2.1.1. Intervención humanitaria y soberanía normativa
La doctrina de la ilustra el cambio normativo de la no intervención a la soberanía condicional; es decir, refleja el creciente consenso de que la soberanía conlleva la responsabilidad hacia los ciudadanos. Si un Estado no logra prevenir atrocidades masivas, la comunidad internacional puede intervenir.
Estudios de caso:
Libia (2011): la Resolución 1973 del CSNU autorizó la intervención para proteger a civiles. Si bien inicialmente se justificó bajo la R2P, evolucionó hacia un cambio de régimen, lo que generó acusaciones de abuso y erosionó la confianza en la R2P.
Siria (2011): el bloqueo en el Consejo de Seguridad evidenció el carácter selectivo y politizado de las intervenciones humanitarias, reforzando las sospechas en el Sur Global de que la R2P se aplica de forma desigual.
Esto refleja un choque entre las normas universalistas de derechos humanos y la defensa pluralista de la soberanía (Brown, 2002). Para muchos Estados, la soberanía sigue siendo un escudo contra la imposición externa, dada la instrumentalización geopolítica de las justificaciones humanitar
2.1.2. Modelos de gobernanza postsoberana
Los modelos emergentes muestran cómo la soberanía puede redistribuirse funcionalmente sin que desaparezca el Estado, entre estos casos tenemos:
La Unión Europea. Un ejemplo paradigmático de gobernanza postsoberana (Eilstrup-Sangiovanni, 2020). Los Estados conservan la soberanía simbólica, pero transfieren atribuciones sustanciales en comercio, competencia y derechos humanos a instituciones supranacionales.
Experimentos regionales. La Unión Africana y el Mercosur intentan modelos similares, aunque con menor capacidad de aplicación y fuerte resistencia a ceder soberanía.
Redes de gobernanza global. Más allá de los organismos supranacionales, redes como el Acuerdo de París muestran una reasignación funcional de la autoridad, donde la soberanía se convierte en relacional.
La crisis de la soberanía en la globalización no es solo su declive, sino su reconfiguración:
La soberanía es cada vez más condicional, relacional y negociada.
Los Estados equilibran las ganancias en capacidad de resolución de problemas colectivos con la pérdida de autonomía unilateral.
Para el Sur Global, esta redefinición implica una mayor vulnerabilidad, ya que la globalización agrava las desigualdades estructurales.
La gobernanza global se refiere a las estructuras, instituciones y prácticas informales mediante las cuales los Estados, las organizaciones internacionales y los actores no estatales intentan regular los problemas transnacionales en ausencia de un gobierno mundial. No se trata tanto de una autoridad centralizada, como sí de la coordinación, la cooperación y la creación de normas.
Como argumenta Alcaro (2018), la gobernanza global actual refleja un orden liberal reconfigurado: ya no dominado exclusivamente por Occidente, sino distribuido entre múltiples centros de poder: bloques regionales, actores privados y la sociedad civil. En lugar de un único hegemón que dicta las normas, observamos instituciones interrelacionadas (ONU, OMC, CPI, OMS), redes informales (G20, acuerdos climáticos) y mecanismos híbridos (asociaciones público-privadas).
2.2.1. El auge de los actores no estatales
Una de las características más destacadas de la gobernanza global es el auge de los actores no estatales como participantes influyentes, entre estos tenemos:
Corporaciones transnacionales: empresas como Apple, ExxonMobil y Meta poseen recursos mayores que muchos Estados. Influyen en las cadenas de suministro, en las normas y en las infraestructuras tecnológicas; y además afectan la política global en materia de datos, energía y trabajo.
ONG internacionales: grupos de defensa de derechos, como Amnistía Internacional o Greenpeace, ejercen influencia mediante la movilización de la opinión pública, la definición de agendas y el control del cumplimiento. Su legitimidad a menudo supera la de los gobiernos ante el público.
Comunidades epistémicas: como explicó Haas (1992), las redes de expertos (por ej. los científicos del clima en el IPCC) estructuran los debates, aportando conocimientos que orientan las políticas.
Actores ilícitos: las redes terroristas y las organizaciones del crimen organizado también actúan como actores de facto de la gobernanza, controlando territorios, recursos y poblaciones, desafiando así la autoridad estatal.
Según Telò (2007), el sistema de gobernanza es cada vez más híbrido, con la colaboración de Estados y actores no estatales en una gobernanza en red. Ejemplos de ello son las alianzas globales de distribución de vacunas y los mercados de carbono, con la participación de empresas y gobiernos. Esto confirma que el poder está descentralizado y es relacional.
2.2.2. Gobernanza multidimensional
El modelo de gobernanza multidimensional muestra cómo la autoridad se fragmenta en los niveles supranacional, nacional y local.
Van Langenhove (2010) enfatiza que los complejos problemas globales no pueden resolverse solo por los Estados. La gobernanza multidimensional ofrece flexibilidad, pero también genera ambigüedades en la rendición de cuentas, ya que los ciudadanos tienen dificultades para identificar quién es responsable de las decisiones.
La gobernanza global enfrenta críticas profundas en materia de legitimidad, equidad y poder, algunas de estas razones son:
Déficit democrático: instituciones como la OMC y el FMI operan con poca transparencia, privilegiando una toma de decisiones tecnocrática y elitista.
Sesgo occidental: al sistema global a menudo se le acusa de reproducir las jerarquías del orden posterior a 1945, con una subrepresentación estructural del Sur Global.
Fragmentación: los acuerdos comerciales, los tratados climáticos y los mecanismos de derechos humanos superpuestos generan incoherencia y diluyen la eficacia.
Sin embargo, el Sur Global ha presentado iniciativas como BRICS, ALBA y el Nuevo Banco de Desarrollo, que son experimentos de gobernanza contrahegemónica (Gürcan, 2019), que buscan construir paradigmas alternativos no dictados únicamente por Washington o Bruselas.
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2.2.3. Perspectivas teóricas sobre la gobernanza global
La interpretación de la gobernanza global difiere según la perspectiva teórica:
Realismo. Los realistas son escépticos sobre la gobernanza global. Para ellos, los Estados siguen siendo los actores centrales; y las instituciones son herramientas de los Estados poderosos, no entidades autónomas.
Teoría de la estabilidad hegemónica. La gobernanza solo es sostenible cuando está respaldada por una potencia hegemónica.
Soberanía selectiva. Normas como la R2P se ven como instrumentos de las grandes potencias, que enmascaran intervenciones por intereses estratégicos.
La política de poder en las instituciones. El sistema de veto del Consejo de Seguridad de la ONU ejemplifica cómo la gobernanza refleja las asimetrías de poder. Desde esta perspectiva, la descentralización es ilusoria.
Liberalismo. Los liberales consideran la gobernanza global como una respuesta racional a la interdependencia:
Las instituciones como mecanismos de cooperación. Reducen los costos de transacción, fomentan la confianza y garantizan el cumplimiento de los compromisos.
Pluralismo de actores. Las ONG, las empresas y las organizaciones internacionales son actores legítimos, ampliando el enfoque más allá de los marcos centrados en el Estado.
Soberanía compartida. Para los liberales, acuerdos como la UE o el Acuerdo de París demuestran la voluntad de los Estados de intercambiar autonomía por eficacia.
En este sentido, la gobernanza global representa un progreso hacia el orden y la cooperación.
Constructivismo. Los constructivistas destacan el papel de las ideas, las normas y la identidad en la gobernanza:
Difusión de normas. La gobernanza difunde valores como los derechos humanos y la sostenibilidad, que a largo plazo transforman el comportamiento de los Estados.
Formación de identidad. Instituciones como la UE construyen nuevas identidades colectivas que redefinen la soberanía.
Rol de las redes. Las comunidades científicas y los grupos de presión generan legitimidad promoviendo un ‘comportamiento adecuado’ en el ámbito global.
Descentralización. Se refleja no solo una redistribución material del poder, sino también la construcción de significados compartidos.
2.2.4. Perspectivas críticas y poscoloniales
Los estudiosos críticos y poscoloniales argumentan que la gobernanza global suele ser una continuación de la dominación histórica, disfrazada de cooperación por las siguientes razones:
Crítica neocolonial. Instituciones como el FMI y el Banco Mundial imponen políticas neoliberales que reproducen la dependencia y el subdesarrollo en el Sur Global (Escobar, 1995; Cox, 1996).
Simetría y coerción. La gobernanza global a menudo se convierte en una forma de coerción legalizada, donde los tribunales de comercio, el arbitraje e incluso el derecho penal internacional disciplinan desproporcionadamente a los Estados más débiles, protegiendo a los más poderosos.
Colonialidad epistemológica. La producción de conocimiento en la gobernanza está dominada por epistemologías occidentales, marginando las perspectivas indígenas y del Sur Global sobre sostenibilidad, justicia y soberanía.
Resistencia a través de alternativas. Iniciativas como la ALBA o la defensa de la no intervención por parte de la Unión Africana reflejan intentos de recuperar la autonomía, desafiando los modelos de gobernanza global que universalizan los intereses del Norte.
Desde esta perspectiva, la descentralización no significa necesariamente democratización; puede significar un control difuso pero aún jerárquico, perpetuando estructuras globales desiguales bajo la apariencia de neutralidad.
La arquitectura de la gobernanza global y regional está conformada por un conjunto de organizaciones internacionales clave, cada una con funciones específicas y desafíos persistentes. Si bien sus mandatos apuntan a objetivos ambiciosos (ej. paz o justicia), su eficacia se ve limitada por restricciones estructurales, políticas y financieras.
2.3.1. Organización de las Naciones Unidas (ONU)
Desde su fundación, en 1945, la ONU ha buscado prevenir conflictos, promover los derechos humanos y facilitar la cooperación internacional. Sus principales funciones incluyen:
Mantenimiento de la paz y resolución de conflictos. Implementación de misiones en zonas postconflicto (por ejemplo, Malí, Chipre, República Democrática del Congo).
Promoción de los derechos humanos. A través del Consejo de Derechos Humanos, los órganos de tratados y la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos (ACNUDH).
Ayuda para el desarrollo. Mediante agencias como el PNUD, Unicef y el Programa Mundial de Alimentos, con enfoque en la erradicación de la pobreza, la educación y el desarrollo sostenible.
Creación de normas. Establecimiento de estándares globales, desde la Declaración Universal de Derechos Humanos hasta los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS).
A pesar de su papel simbólico como el ‘parlamento de la humanidad’, la ONU enfrenta debilidades estructurales:
Parálisis del Consejo de Seguridad. El poder de veto de los cinco miembros permanentes (P5) ha impedido repetidamente una acción decisiva, desde la guerra civil en Siria hasta la invasión rusa de Ucrania.
Capacidad limitada de aplicación. La ONU carece de una fuerza militar independiente y depende de las contribuciones de los Estados miembros, que pueden ser tardías o insuficientes.
Dependencia de la financiación. Su presupuesto depende en gran medida de unos pocos países donantes (EE.UU., la UE), lo que la hace vulnerable a presiones políticas.
Como señala Fawcett (2025), la ONU sigue siendo central simbólicamente, pero limitada operativamente, funcionando como un escenario para la legitimidad internacional, pero incapaz de actuar con decisión contra las grandes potencias o asegurar una financiación predecible.
Figura 5
ONU
Nota. Fachada de los headquarters de Naciones Unidas en New York.
Reproducido de: Raffino; Equipo editorial, Etecé. (12 de abril de 2025).
Organismo internacional. Enciclopedia Concepto. Recuperado el 2 de octubre de 2025 de https://concepto.de/organismo-internacional/
2.3.2. Organización Mundial del Comercio (OMC)
Creada en 1995 como sucesora del GATT, la OMC proporciona el marco legal e institucional para el comercio global. Sus funciones incluyen:
Regulación del comercio internacional mediante acuerdos multilaterales
Resolución de controversias
Promoción de normas de libre comercio
La OMC ha tenido cada vez más dificultades para mantener su relevancia en el siglo XXI:
Estancamiento de la Ronda de Doha. Iniciada en 2001 para abordar las preocupaciones de desarrollo, la ronda se ha estancado por las subvenciones agrícolas y el acceso a los mercados, dejando al sistema sin nuevas normas importantes.
Rivalidad EE.UU. - China. Washington bloqueó el nombramiento de jueces al Órgano de Apelación, paralizando el sistema de solución de controversias.
Nacionalismo comercial. El auge de las políticas proteccionistas, especialmente durante la pandemia del covid-19, socavó la misión liberalizadora de la organización.
Temas como el comercio digital, la tributación del comercio electrónico y la sostenibilidad ambiental siguen sin abordarse adecuadamente. Como destaca Falkowski (2015), la incapacidad de la OMC para adaptarse a los desafíos contemporáneos la relega a la irrelevancia, con los Estados recurriendo cada vez más a acuerdos comerciales regionales o bilaterales.
2.3.3. Organización de los Estados Americanos (OEA)
La OEA, fundada en 1948, es la principal organización hemisférica de las Américas. Sus funciones principales incluyen:
Promoción de la democracia. Supervisar las elecciones y promover los estándares democráticos a través de la Carta Democrática Interamericana (2001).
Resolución de conflictos. Mediación en disputas regionales.
Sistema de derechos humanos. Alberga a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) y a la Corte Interamericana de Derechos Humanos.
Sin embargo, sus desafíos pueden describirse así:
Percepción de dominio estadounidense. Históricamente, la OEA ha sido vista como un instrumento de Washington, lo que socava su credibilidad.
Limitada eficacia en crisis. La OEA ha tenido dificultades para responder eficazmente al colapso político en Venezuela, la represión en Nicaragua o el golpe de Estado en Honduras en 2009.
Regionalismo superpuesto. Nuevas organizaciones como la Unasur, la CELAC y la ALBA han cuestionado la centralidad de la OEA, reflejando un cambio ‘posthegemónico’ en América Latina.
La OEA ha sufrido una crisis de legitimidad, ya que foros alternativos más afines a la autonomía latinoamericana han debilitado su autoridad. El resultado es una institución atrapada entre aspiraciones normativas y realidades geopolíticas.
La UE representa el experimento de integración regional más ambicioso del mundo. Sus principales funciones incluyen:
Integración económica. Un mercado único de 27 Estados, una moneda común (el euro) en 20 Estados y la armonización de las políticas económicas.
Política exterior y de seguridad común. Esfuerzos por coordinar la diplomacia.
Poder regulador. La UE exporta estándares en áreas como la privacidad de datos, la regulación ambiental y la protección del consumidor, moldeando normas globales.
Desafíos:
Brexit y euroescepticismo. La salida del Reino Unido puso de manifiesto la fragilidad de la integración y alimentó los movimientos nacionalistas en otros Estados.
Fragmentación interna. El retroceso democrático en Hungría y Polonia ha puesto a prueba la capacidad de la UE para hacer cumplir los estándares del estado de Derecho.
Incoherencia geopolítica. La UE suele tener dificultades para presentar una política exterior unificada, como se ve en las posiciones divergentes sobre Rusia, China y los conflictos en Oriente Medio.
Como señala Eilstrup-Sangiovanni (2020), la UE ilustra la ‘integración diferenciada’: mientras algunos Estados profundizan la cooperación, otros se retiran o se resisten, lo que produce un modelo híbrido de unidad y fragmentación. Esto refleja tanto las fortalezas como los límites de la gobernanza postsoberana.
En conjunto, estas instituciones revelan tendencias más amplias en la gobernanza global y regional:
Legitimidad vs. eficacia. La ONU y la OEA conservan la legitimidad como foros representativos, pero a menudo carecen de eficacia debido a limitaciones estructurales.
Adaptación vs. parálisis. La OMC ilustra los riesgos de no adaptarse a las nuevas realidades, mientras que la UE demuestra un éxito parcial en la evolución, pero a costa de la fragmentación interna.
Hegemonía vs. autonomía. La percepción de dominio estadounidense en la OEA socava su legitimidad, mientras que la UE muestra cómo los actores regionales pueden crear modelos de gobernanza autónomos.
Roles simbólicos vs. operativos. La ONU y la OEA son símbolos poderosos del multilateralismo, pero la toma de decisiones real suele pasar a pequeñas coaliciones o instituciones regionales.
La ONU, la OMC, la OEA y la UE encarnan tanto las promesas como las contradicciones de la gobernanza en un mundo multipolar. Cada una desempeña funciones cruciales en la promoción de la paz, la regulación de los mercados, el avance de los derechos humanos y la integración de las economías. Sin embargo, todas ellas se ven limitadas por la dinámica de poder (ONU), los estancamientos y la falta de relevancia (OMC), las crisis de legitimidad (OEA) y la fragmentación (UE). Estos desafíos ponen de manifiesto una realidad más profunda: las organizaciones internacionales reflejan las estructuras políticas y las desigualdades del propio sistema internacional.
Mientras la política global siga dividida por las asimetrías de poder y los intereses contrapuestos, las instituciones de gobernanza seguirán siendo espacios esenciales pero imperfectos: simbólicamente importantes, pero con limitaciones prácticas y objeto de constantes disputas.
El período unipolar posterior a la Guerra Fría, a menudo descrito como la hegemonía estadounidense en los años 90 y principios de los 2000, ha dado paso a un orden internacional más multipolar. El auge de potencias como China, India, Brasil, Turquía y Sudáfrica, junto con el resurgimiento de Rusia, señala el fin de una era dominada por una única superpotencia. El multipolarismo refleja no solo una redistribución del poder material, sino también una diversificación ideológica e institucional de la política global.
Gürcan y Otero (2024) enfatizan que el multipolarismo no se limita a las métricas tradicionales del poder estatal (fuerza militar, PIB o población), sino que también implica innovación institucional. Los bancos de desarrollo regionales, los nuevos acuerdos de seguridad y los foros diplomáticos alternativos ilustran cómo las potencias emergentes están diseñando infraestructuras de gobernanza paralelas. El Banco Asiático de Inversión en Infraestructuras (AIIB), el Nuevo Banco de Desarrollo de los BRICS y la cooperación regional en materia de defensa dentro de la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS) ejemplifican esta creatividad institucional.
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