Topic outline
-
aula base jesucristo y aprendizjes vitales
Aula Base 2026-01
Guía de la asignatura
Guía de la asignaturaManual del estudiante
Manual del estudianteHorario
HorarioLineamientos
Lineamientos
-
Israel y el nacimiento del cristianismo
-
Introducción
Para comprender mejor a Jesús de Nazaret, es necesario conocer el trasfondo histórico, cultural y religioso del pueblo en el que nació. La historia de Israel (hebreos, israelitas y judíos) revela cómo se fue formando una identidad marcada por experiencias decisivas como la salida de Egipto, la alianza con Yavé, la vida en Canaán y los grandes cambios provocados por los imperios que dominaron la región.
Del mismo modo, conocer la tierra de Jesús y la organización social de Palestina permite interpretar su mensaje en su contexto real. Su vida transcurrió en un territorio pequeño, con diversidad geográfica y fuertes tensiones políticas y religiosas, donde el templo, la sinagoga y los distintos grupos sociales (fariseos, saduceos, esenios, entre otros) influían profundamente en la vida cotidiana y en la manera de entender a Dios y la fe.
Sanedrín
Consejo supremo del pueblo judío en tiempos de Jesús, con funciones religiosas y judiciales, integrado por autoridades sacerdotales, ancianos y escribas; ejercía gran influencia en la vida pública de Judea bajo la tutela de Roma.
Diáspora
Dispersión del pueblo judío fuera de Palestina, producida por conquistas, deportaciones y migraciones; permitió que comunidades judías vivieran en diferentes regiones del mundo manteniendo su identidad a través de la Ley y las prácticas religiosas.
-
La historia de Israel
Para comprender la figura de Jesús no basta desde luego con saber que existió. Si queremos juzgar la originalidad de sus hechos y palabras, nos será imprescindible conocer el ambiente físico y social en el que se movía, el entorno sobre el que él causaba contraste. La historia del pueblo en el que nació nos ayudará a penetrar en sus aspiraciones, creencias y modos de vida.
El nombre tenía para los naturales del Medio Oriente una gran importancia como expresión o descripción de una persona o realidad. Apoyándonos en ello y empleando las tres denominaciones que se dan a este pueblo: hebreos, israelitas y judíos, dividiremos en tres partes este breve resumen de su historia.
Los hebreos
Prehistoria
Los orígenes del pueblo de Jesús son extremadamente complejos y oscuros. Todos los datos nos llevan a pensar que los antepasados de Israel han procedido originariamente de los pueblos seminómadas de la alta Mesopotamia y Siria, que los acadios llamaban amorreos, es decir, occidentales. De estos amorreos descendieron tanto los hebreos como los arameos posteriores.
La biblia nos presenta a Téraj, padre de Abrahán, muriendo en Jarán, ciudad del noroeste de Mesopotamia; y desde allí parte Abrahán hacia lo que después sería Palestina (Gn 11, 32). Los indicios manifiestan que, aunque predominantemente semitas, los hebreos eran sin duda una mezcla de otras muchas razas. De hecho, los israelitas sintieron siempre su parentesco con los arameos. Una confesión cúltica, presumiblemente muy antigua, dice: «Mi padre era arameo errante que bajó a Egipto y se refugió allí cuando aún eramos pocos. Los egipcios nos maltrataron y Yavé nos sacó de allí y nos trajo a esta tierra» (Dt 26, 5).
Los patriarcas
Los patriarcas son jefes de clanes bastante numerosos. Son seminómadas, procedentes del noroeste de Mesopotamia, que viven en tiendas de piel de cabra y recorren Canaán (nombre primitivo de Palestina) y sus regiones limítrofes en todas las direcciones, en busca de pastos y agua para sus rebaños de asnos, ovejas y cabras, llegando en ocasiones hasta Egipto.
La historia de Sinuhé muestra la facilidad de comunicación entre Egipto y Canaán. Los patriarcas no se adentran profundamente en el desierto porque no son nómadas camelleros, sino que usan asnos para el transporte de sus enseres y niños pequeños. Andan por los alrededores de las poblaciones sedentarias, rara vez cultivan la tierra y sólo poseen pequeñas parcelas para enterrar a sus muertos. Originariamente debieron hablar un dialecto arameo, pero debido a la lejanía fueron hablando cananeo, del cual el hebreo es un dialecto.
Su status social debió ser el de «habiru», es decir, una clase sin ciudadanía, seminómadas casi siempre, sedentarios de ocasión, pacíficos o guerreros según las circunstancias, mercenarios de guerra o esclavos, si la necesidad lo pedía. Tal vez de esta palabra «habiru» venga el apelativo «hebreos» con el que los extranjeros llamaban a los patriarcas (Gn 14, 13).
De los patriarcas como personas individuales y concretas no sabemos otra cosa que lo que nos dice la biblia, pero estos documentos bíblicos, aunque se escriben varios siglos después, reflejan de forma auténtica el ambiente de la época en que los hechos ocurrieron, comprobándose una gran fidelidad en su transmisión oral. Las narraciones patriarcales se encuadran incuestionablemente en el ambiente del segundo milenio y no en un período posterior. Las costumbres, los nombres, el modo de vida, los desplazamientos e incluso ciertas narraciones míticas nos lo certifican.
Los nombres de Jacob y Abrahán, entre otros muchos, son usados por documentos no bíblicos en este período. Por otra parte, numerosos incidentes de la narración del Génesis encuentran explicación a la luz de las costumbres vigentes en el segundo milenio; por ejemplo: el que la esposa estéril proporcionara una sustituta a su marido, la prohibición de expulsar a la esclava y a su hijo, el robar los dioses (que equivalía al título de la herencia), la compra según la ley hitita de una cueva para sepulcro, etc. El tipo y modo de desplazamiento que usan los patriarcas corresponden a principios del segundo milenio. Los relatos de la creación y el diluvio son originarios de Mesopotamia.Las narraciones patriarcales están firmemente basadas en la historia y podemos afirmar con toda seguridad que Abrahán, Isaac, Israel y Jacob fueron verdaderos individuos históricos y no creaciones legendarias. Fueron jefes de clanes que vivieron entre los siglos XX y XVII a. C. Aunque el parentesco entre ellos sea improbable, a pesar de que la biblia nos los presenta como una familia (Téraj-Abrahán- Isaac-Jacob= Israel, etc.), no quiere decir que de hecho tuviesen vínculos de sangre, sino de otro tipo, por ejemplo económicos o sociales. Este parentesco ficticio se expresa en un árbol genealógico común. Si dos clanes o tribus se fusionan socialmente, los árboles genealógicos respectivos se acomodan para indicar un mismo origen, una sola cabeza. El vínculo de sangre que une a los miembros de una tribu puede ser real o supuesto. Toda organización social se describe en árbol genealógico. El recién llegado a la tribu o el grupo más débil que se junta con el fuerte se incardina de sangre y nombre reconociendo al antepasado de la otra tribu como propio. El sistema de las doce tribus es igualmente artificial.
La religión de los patriarcas
Por lo que sabemos, la religión de los patriarcas fue completamente distinta a los cultos oficiales mesopotámicos o a los cananeos de la fertilidad. Se nos describe como una relación personal entre el patriarca y el dios, mantenida por una promesa y sellada por una alianza. La promesa del dios era tierra y posteridad numerosa, es decir, riqueza y fuerza que harían feliz a la tribu. Dios cumplirá la promesa, el adorador lo que debe hacer es confiar y obedecer. Al dios se le da culto sacrificando animales, simbolizando así la vida del fiel que se entrega a dios. No tienen templos ni sacerdocio organizado. El dios es la cabeza invisible de la casa.
Probablemente los patriarcas identificaron el «dios de los padres» con el dios cananeo llamado «El» y desde el monoteísmo práctico llegaron al teórico. Las fiestas pastoriles pasaron a ser religiosas. La luna llena indicaba el comienzo de las transhumancias: se mataba un cordero, se usaba pan ácimo y se untaban los postes de la tienda con sangre para alejar al genio exterminador del ganado.
Bajaron a Egipto
Parte de estos seminómadas, por motivos que desconocemos, seguramente por hambre o sequía, bajaron a Egipto. Durante el reinado de Ramsés II (ca. 1250 a. C.), aparecen repetidamente los habiru como esclavos trabajando en proyectos del faraón. También por el mismo tiempo, cientos de palabras semitas entraron en el lenguaje egipcio. El libro del Exodo nos dice que los descendientes de los patriarcas trabajaron en Ramsés (que en realidad se llamaba Avaris, pero que hasta el s. XI fue llamada «casa de Ramsés»). Parece incluso que la biblia alude a una estela colocada en esta ciudad en el cuatrocientos aniversario de su fundación. La tradición bíblica tiene todos los visos de ser contemporánea del hecho que narra. Apenas se puede dudar de que los antepasados de Israel fueron esclavos en Egipto y escaparon de allí de forma sorprendente. No es la «honrosa» historia que un pueblo se inventaría.
Tradiciones bíblicas de este período
Aunque puestas por escrito mucho más tarde, la biblia contiene narraciones sobre lo ocurrido al pueblo de Jesús en este período: Génesis y comienzos del Exodo. Al leerlas, debemos informarnos antes del modo de hablar de los antiguos cuando escribían lo que a nosotros nos parece historia, a fin de que no pensemos que las cosas sucedieron así al pie de la letra.
Los israelitas
Aquellos esclavos que encontramos trabajando en la construcción de ciudades egipcias salieron bajo la dirección de un líder -Moisés-, formaron una confederación de tribus expresada en una alianza con el dios Yavé y, tras atravesar el desierto, entraron en Canaán, estableciéndose allí de forma casi sedentaria, haciendo de esta tierra su patria propia.
No hay otros testimonios que la biblia, pero una creencia tan antigua y enraizada sólo tiene explicación admitiendo que Israel salió, géneros literarios aparte, de forma sorprendente de Egipto. Israel recordará siempre este suceso que lo convirtió en pueblo. Los que salieron no eran sólo semitas, sino toda clase de esclavos fugitivos entre los que había incluso egipcios (Lv 24, 10). Quizá lo que solé-mos llamar Mar Rojo fuese un brazo de aguas pantanosas del lago Menzalé, puesto que se le llama «mar de las cañas» y en el Mar Rojo no hay cañas.
Moisés y Yavé
Moisés debió ser el gran fundador de la fe de Israel y aun de este mismo como pueblo. Moisés presenta a Yavé como Dios único y protector de la confederación de tribus y como aglutinante esencial. Yavé ha elegido a los israelitas como pueblo sin ningún mérito por parte de ellos, los ha sacado de Egipto, los ha hecho libres y ha pactado una alianza con ellos en el Sinai, que mantendrá mientras se cumplan las condiciones divinas. A partir del decálogo, se formó una ley casuística que regulaba las relaciones de los miembros de la comunidad tanto respecto a Dios como entre los miembros del nuevo pueblo. Este dios es concebido en términos personales y se le describe con antropomorfismos. No se identifica con ninguna fuerza natural ni está localizado en ningún lugar de la tierra o del cielo. Además, nunca se le podrá coaccionar con el culto. Como símbolo usaron un arca, llamada «de la alianza», donde guardaban las tablas de la ley y otros objetos significativos. En los primeros tiempos, esta arca metida en una tienda de campaña especial hacía las veces de santuario portátil.
Entrada en Canaán
No pudiendo entrar en Canaán por el sur, tras largas correrías por el desierto, lo intentaron con éxito por el este. La arqueología nos muestra que las ciudades cananeas fueron destruidas en la segunda mitad del s. XIII a. C. y sustituidas por construcciones pobres. Estos debieron ser los efectos de la entrada de los israelitas en ellas. No obstante, la toma del país no fue una campaña guerrera, sino un complicado proceso en el que alternaron medios pacíficos y violentos. Ni los llegados eran todos de una raza, ni los ocupantes cananeos les eran completamente extraños, al ser semitas que no habían bajado a Egipto. Israel ocupó sobre todo las montañas, porque en la llanura los carros que se empleaban para la guerra los vencían. No dominaron un territorio unido y continuadamente, sino enclaves que lo eran de forma intermitente.
En estas circunstancias, la confederación de tribus era dirigida ocasionalmente por unos líderes que destacaban en los tiempos de peligro y que con sus cualidades personales (carisma), que probaban ante sus compatriotas que el espíritu de Yavé estaba con ellos, unían a los clanes contra el enemigo común. Esta función de líder no era permanente ni hereditaria, sino personal y ocasional. En la biblia se les llama «jueces».
En el terreno religioso, los llegados, salvo casos excepcionales, no tomaron de los cananeos más que lo compatible con el yavismo, desechando, por ejemplo, los sacrificios de los niños, los cultos a la fertilidad o las ofrendas como alimento del dios.
En 1200 a. C. estaba terminada la ocupación de Canaán.
La experiencia de la monarquía
Recien asentados los israelitas en la nueva tierra, se produce la llegada de los filisteos, pueblo procedente de Grecia, que eran formidables guerreros, conocedores del hierro y dotados de carros para el combate. Este pueblo, simbolizado en el gigante Goliat, derrota de momento con facilidad al pequeño e inerme Israel y da un nuevo nombre a esta tierra: Palestina.
Tal vez por necesidades de organización para la resistencia, se nombra y unge rey permanente a Saúl, que forma ya un ejército regular. Se destaca por aquel tiempo David, un famoso jefe de banda armada que protegía a las ciudades que le pagaban (1 Sm 25, 7 s.; 15 s.) e incluso se prestaba a combatir en favor de los filisteos (1 Sm 27). Derrotado y muerto Saúl, David, que es ya un soldado curtido, se hace con el poder y derrota a los filisteos. Posteriormente, se instala en Jerusalén, adonde lleva el arca de la alianza, haciendo de esta ciudad el centro administrativo y religioso.
Ahora Israel no es ya una confederación de tribus independientes, sino un país unificado con un rey a su cabeza. David conquista incluso tierras extranjeras y forma un imperio de no muy grandes dimensiones, pero respetado por los vecinos. Y lo dota de una administración centralizada y de un sacerdocio estructurado.
Importante sería para toda la historia futura la profecía de Natán sobre los descendientes de David: «Afirmaré después de ti la descendencia que saldrá de tus entrañas y consolidaré el trono de tu realeza. Yo seré para él un padre y él será para mí un hijo» (2 Sm 7, 12-16).
De la grandeza a la desaparición
A David le sucedió su hijo Salomón, que desarrolló en grado sumo la potencia económica del reino y las relaciones exteriores. Consiguió un auge en el ejército, la marina mercante, las minas de cobre, el comercio de carros y caballos, la cultura y la música, y también... un sistema fiscal gravoso que dio origen a algo desconocido en Israel: grandes diferencias entre ricos y pobres. La democracia tribal había terminado. La monarquía fue cuestionada por muchos.
En el orden religioso, además de construir el primer templo, se produjeron en su época la puesta por escrito de muchas tradiciones orales anteriores que llamamos «yavistas», y también la historia de la corte de David.
Muerto Salomón, estalla la rebelión en el norte, y en el año 931 a. C. la división se consuma: la mayor parte de las tribus se suman al reino del norte, que se llamará reino de Israel, y solamente dos quedan en el reino del sur, que toma el nombre de reino de Judá. El uno al lado del otro vivieron unas veces en paz y otras en guerra.
Desaparición de Israel y de Judá
La debilidad de los imperios de la zona les permitió a estos dos pequeños reinos vivir algún tiempo, pero no fue mucho lo que duró su estabilidad.
Israel (reino del norte) fue paganizándose rápidamente, y el yavismo entró en una gran decadencia combatida por los profetas Amos y Oseas. Mientras tanto, la vecina Asiría iba creciendo como potencia. En el 721 a. C., los asirios, a quienes interesaban mucho la madera, los minerales y el paso a Egipto, invaden Israel y trasladan su población a Mesopotamia, donde los deportados pierden su identidad como pueblo. En su lugar se traen extranjeros con costumbres y religiones propias. Estos darían origen a los samaritanos, tan odiados después por los judíos. Israel, el reino del norte, había dejado de existir.
Judá (reino del sur) continuó existiendo, pero como vasallo de los asirios. Cultos, supersticiones extranjeras y costumbres, sobre todo asirias, entran en el país. La economía va mal, aunque las diferencias sociales no fuesen tan grandes como en Israel. Ante esto, los profetas Isaías y Miqueas critican a los responsables. Egipto procura desde el sur enemistarlos con Asiria y la tensión política es muy grande. El rey Ezequías reaccionó contra este estado de cosas (paganización y abusos sociales) y cuando lo creyó oportuno se rebeló contra Asiría, pero fue derrotado y los tributos aumentaron. La idea religiosa atendía más a la profecía a David (Dios protegerá sin condiciones) que a la alianza del Sinaí (si cumplís mis mandatos, os protegeré). En el 622a. C., el rey Josías intenta también otra reforma apoyándose en el documento que llamamos «deuteronomista». En este escrito se indicaba que la existencia del país dependía de la vuelta a la alianza del Sinaí. Tras diversas vicisitudes, Nabucodonosor destruye Jerusalén y deporta la población del reino a Babilonia. Es el 587 a. C. Ahora ya no existe ninguna tierra que sirva de patria fija al pueblo de Israel. Esta situación forzó la búsqueda de una patria portátil.
Los judíos
La destrucción de Jerusalén y su templo y el subsiguiente exilio cambió la trayectoria histórica del pueblo de Israel. Al desaparecer los israelitas como nación y con ello todas sus instituciones, quedaron reducidos a individuos desterrados y vencidos, pero supieron salir del trance con una fe más fortalecida y disciplinada. Encontraron la dirección
que había que seguir en el porvenir. Del exilio nació el judaismo. No fue ajeno a esto el que los exiliados eran lo más selecto de Israel, pues por eso habían sido elegidos. Su estancia en Babilonia, aunque humillante, no fue extremadamente severa. Vivían cerca de la capital en una especie de «reservas». Algunos se dedicaron al comercio e-incluso se hicieron ricos, de ahí que, al poder regresar a su antigua tierra, algunos prefiriesen quedarse en Babilonia. Los que no fueron al destierro se dispersaron por Egipto u otros países continuando la o dispersión judía por toda la tierra.
El imperio de Babilonia se hunde y la nueva potencia se llama Ciro de Persia que, en el 538 a. C., permite a los judíos regresar a Palestina y reconstruir su templo. La fe israelita verá a Ciro como instrumento de Yavé, señor de la historia, que libera nuevamente a su pueblo. Regresa un pequeño resto y reconstruye el templo. Dos dirigentes, Esdras y Nehemías, tratan de poner en pie el nuevo país, uno en lo político-administrativo y el otro en lo religioso-espiritual. Presentan la ley como constitución del pueblo, y éste la acepta. Esta adhesión a la ley de Moisés o Torá, que conservamos en los cinco primeros libros de la biblia, será, con sus costumbres y normas correspondientes, la patria portátil del judío esté donde esté. El sábado, el culto, la circuncisión, etc., tendrán ahora mucha importancia, porque la ley contenida en el Pentateuco lo dice así.
La cultura griega
Alejandro Magno (333 a. C.) derrotó a los persas y se apoderó de su imperio, que, como hemos visto, incluía a Palestina. A su muerte, sus generales se dividieron el imperio: Tolomeo se quedó con Egipto y Palestina, y Seleuco con Babilonia. En tiempo de Tolomeo, Alejandría se convirtió en el centro del mundo judío y allí se hizo una traducción al griego de los libros de la biblia que se suele llamar de «los setenta» (LXX). Posteriormente, Palestina pasó a depender de los descendientes de Seleuco, que intentaron helenizar a la fuerza a los judíos palesttnenses. Se trataba de quitarles sus costumbres propias, su patria portátil, y obligarles a adoptar modos de pensar y costumbres griegas. Ya los judíos del extranjero (diáspora) habían recibido la influencia de la cultura griega, pero en Palestina la resistencia fue feroz por parte de muchos sectores. El expolio del templo, los gimnasios, el culto a Hermes, la prohibición de practicar el judaismo, la quema de la ley, los altares paganos y la obligación de comer carne de cerdo, fueron demasiadas cosas para que los judíos las toleraran. Los hasidim, o piadosos, de los que después saldrán los fariseos y esenios, se resisten hasta que la familia de los macabeos (= martilladores) organiza militarmente la rebelión y consigue algunas victorias.
La vuelta al cumplimiento estricto de la ley (sábado, circuncisión, sacrificios, fiestas, etc.) se hace normal y con ello se despierta un profundo desprecio hacia los extranjeros, los malos judíos y sobre todo los samaritanos.
El sumo sacerdote se convierte en cabeza espiritual y rey temporal. La sinagoga, nacida en el destierro de Babilonia, con sus reuniones religiosas de los sábados, propaga un mejor conocimiento de la Escritura sagrada (ley, profetas y otros escritos). Pero, pese a todo, la cultura griega dejará una notable huella en el pensamiento de los judíos.
Bajo el yugo de Roma
Una vez establecidos en el poder, la fidelidad de los macabeos se corrompe. De los dos partidos en lucha: los fariseos amantes del judaismo y los saduceos partidarios de la helenización, el poder reprime a tas fariseos.
En medio de las revueltas interiores, Pompeyo toma Jerusalén en el año 63 a. C. e inicia el gobierno de Roma, de momento, por medio de Herodes 1 el Grande, un idumeo al que los judíos desprecian. Para hacerse querer, Herodes comienza la reconstrucción del templo (20 a. C.), pero las tensiones no cesan y unos
6.000 fariseos niegan juramento a Octavio César Augusto, «hijo del divino, padre de la patria». En este clima de tensión nace Jesús de Naza- ret. Judas Galileo, capitaneando un grupo de resistentes armados, llamados zelotes o fanáticos, hace frente a los romanos. Sus bases, situadas a 5 kilómetros de Nazaret, en la ciudad de Séforis, son destruidas y más de 2.000 de ellos son crucificados. Poncio Pilato y otros cargos romanos harán con su antisemitismo que la situación estalle.
Las guerras judaicas
Las revueltas continuaban y los zelotes sembraban el terror, consiguiendo que la sublevación fuera general. La mayor parte de los cristianos abandonaron en estos momentos Jerusalén.Lasguarnicionesromanasse rindieron y fueron pasadas a cuchillo. Los refuerzos fueron derrotados. La victoria parecía que había llegado. Vespasiano y su hijo Tito acudieron con tres legiones y tropas auxiliares. Comenzaron a barrer el país por el norte. En Galilea hicieron preso a Flavio Josefo, que dirigía un grupo rebelde y llegaron a poner cerco a Jerusalén. En el interior de la ciudad, las luchas intestinas entre los rebeldes eran feroces. Una gran cantidad de visitantes venidos para la fiesta de los ácimos hizo que Jerusalén estuviesesuperpoblada.El hambre hizo estragos y el templo tue quemado y destruido (año 70 d. C.).
Nuevamente en el 117 d. C., los judíos se alzan en armas, pero la revuelta es sofocada. Fue en el 132 cuando estalló la segunda guerra judaica dirigida por Simón bar Kosba (el hijo de la estrella), al que algunos rabinos designan mesías-rey. La guerra duró más de tres años y la derrota fue total. Sobre Jerusalén se edificó una ciudad de tipo romano llamada Elia Capitolina, se terraplenó el calvario y se erigieron templos paganos y otros monumentos. A los judíos se les prohibió entrar en la ciudad bajo pena de muerte. Nuevamente hubo abundantes salidas para la diáspora.
Hasta hoy
En tiempos del emperador romano Constantino el Grande (325) se destruyeron los templos paganos y se construyeron santuarios cristianos a donde peregrinaron numerosos personajes como santa Elena, la madre del emperador, o la monja gallega Egeria. Los persas destruyen estos templos que son reedificados por los bizantinos en 630 d. C. Los musulmanes son los siguientes ocupantes y, tras ellos, los bizantinos continúan la larga lista de destrucciones y construcciones. Los turcos son derrotados por los cruzados hasta que el sultán de Egipto los expulsa. Cristianos, musulmanes, tártaros, mamelucos, turcos, etc., traen la historia hasta 1947, en que se proclama el nuevo estado de Israel sobre la tierra que estaba bajo mandato británico.
La tierra de Jesús
La influencia del ambiente en la persona es indudable. El panorama físico y las relaciones sociales de cualquier tipo (políticas, administrativas, económicas o religiosas) determinan en gran parte los modos de ser y pensar de la persona afectada por ello. Esto ocurre en mayor medida en las sociedades de tipo rural donde el control social es mucho más extenso e intenso. ¿Ocurrió esto con Jesús? ¿En qué medida resultó afectado?
Pretendemosconocer, siquiera superficialmente, cómo era la realidad ambiental en la que vivió, para interpretar sus tomas de postura como normales o como discrepantes. Su encarnación en el aquí y el ahora, su libertad y sus criterios propios nos interesan para valorar el relieve de su figura. En qué y hasta qué punto fue distinto de los hombres de su tiempo es para nosotros importante.
Descripción geográfica
Palestina (país de los filisteos) formaba parte del imperio romano desde el 64 a. C. y, oficialmente, se llamaba «Judea». Situada a más de un mes de navegación de Roma, estaba compuesta por una franja en forma de trapecio de 50 y 100 km. en sus bases y 220 km. de altura, con una extensión de unos 26.000 km2, es decir, como la mitad de Aragón o un poco menor que Galicia o Bélgica.
Estaba atravesada de norte a sur por el río Jordán («el siempre corriente», «el que baja»), que tiene la particularidad de hacer su recorrido bajo el nivel del mar. El Jordán tiene unos 320 km. y, tras nacer de tres fuentes en el sur del Líbano, forma en su trayecto tres lagos: el Hulé (-68 m.), el Tiberíades (mar de Galilea o Genesaret), que tiene 172 kms2, 45 m. de profundidad y está a 212 m. bajo el nivel del mar (en él se puede pescar) y, por último, el mar Muerto, a donde las aguas del Jordán (200 m3. por segundo) van a parar, pero que nunca se llena ni se desborda porque la intensa evaporación compensa la falta de desagüe. Es un fenómeno único en el mundo, ya que se encuentra a 392 m. bajo el nivel del Mediterráneo, siendo por ello la mayor depresión de la corteza terrestre. Su salinidad es de más del 20% (seis veces más que el Mediterráneo); esto, sumado a las fuentes de asfalto, hace imposible la vida en su seno e impide que el cuerpo humano se hunda. La leyenda dice que bajo él se encuentran las abrasadas ciudades de Sodoma y Gomorra (a -790m.).
Se suele llamar Transjordania a la parte este del río (donde hoy se halla Jordania) y Cisjordania, a la parte oeste (actual estado de Israel). Esta última es la que nos interesa, porque en ella se desarrolló la actividad de Jesús de Nazaret. En la Cisjordania se encuentran escalonadas, de norte a sur, las regiones de Galilea, Samaría y Judea. La zona costera del Mediterráneo es casi una llanura; en cambio, el valle del Jordán esta entre dos cadenas montañosas que no alcanzan casi nunca los 1.000 m. de altura. El clima del país es muy variado. En general, podríamos decir que es subtropical con sólo dos estaciones: seca o verano (de mayo a septiembre) y lluviosa o invierno (de septiembre a abril). El clima, tórrido en algunos lugares, alcanza su máxima temperatura en agosto con unos 45ü y la mínima en enero con -4°. Las noches suelen ser bastante frías
Galilea es la región más septentrional. Su nombre significa «distrito». En su parte montañosa están las poblaciones de Naín («bonito»), Nazaret («mirador») y Caná («cañaveral»). Séforis, a 5 km. de Nazaret, era un importante centro de caravanas entre Damasco y los puertos del Mediterráneo. La parte más llana, alrededor del lago Tiberíades, era abundante en cereales, fruta, olivos y vid, así como en pesca y derivados. Allí estaban las ciudades de Cafarnaún («aldea de Naún»), Corozaín y Betsaida («casa de la pesca»). Por haberse fusionado la población con extranjeros, no judíos de religión, los galileos no eran bien vistos por los judíos fervientes, que llamaban a la región «Galilea de los gentiles», algo así como «el distrito de los ateos». Se les echaba en cara que no hablaban correctamente el arameo por no pronunciar bien las guturales. El nombre de Lázaro, por ejemplo, es incorrecto; el correcto sería Eleazar. El ambiente era muy agrícola y pesquero, cosa que influirá en el lenguaje de Jesús.
Nacionalistas y amantes de la libertad, preferían el honor al dinero. Para las autoridades, cualquier galileo era un rebelde terrorista en potencia; de hecho, de esta región populosa y relativamente próspera surgieron los movimientos revolucionarios que inquietaron a los romanos. Había bastante inmigración, y José, esposo de María, pudo ser uno de los que vinieron a ganarse la vida aquí.
En 1962, Avi Jonah descubrió una lápida de mármol negro del siglo III a. C. que nombra a Nazaret. Ni el Antiguo Testamento ni sus comentarios, sin embargo, lo hacen.
Samaría está situada entre Galilea y Judea. Es fértil y con alto nivel urbano. Sus habitantes nunca fueron auténticamente judíos de religión, ya que muchos de ellos descendían de colonos extranjeros, traídos por los asirios en el 722 a. C. Están, si cabe, más aferrados a la ley que los judíos. Esperan un mesías que será un nuevo Moisés («el taheb», «el que ha de venir»). Admiten en exclusiva el Pentateuco, pero rechazan el resto de los libros del Antiguo Testamento y no reconocen a Jerusalén como centro religioso. Ellos tienen su templo en el monte Gari- zín, en Siquén. En tiempos de Jesús, este templo estaba destruido, pero quedó como lugar de culto. Hay que recordar que entre ellos y los judíos existía un odio mutuo. En Cesarea del Mar, residía el prefecto romano y el grueso del ejército. Ciudades importantes eran: Samaría («atalaya»), Siquén («cuello») y Betel («casa de Dios»).
Judea es la región más meridional. La ciudad principal de Judea es Jerusalén (ciudad de la paz, de la felicidad). Su importancia es, en primer lugar, religiosa: allí está el centro de formación religiosa de los judíos y, sobre todo, el único templo judío del mundo, al que todos deben peregrinar.
A este motivo hay que añadirle su importancia política: mientras Herodes I es rey, mantiene una corte fastuosa y, después de él, habrá también guarnición militar; pero, además, es la sede de la «asamblea suprema» o , cuya competencia se extiende, al menos teóricamente, a todos los judíos del mundo, lo que le da un peso internacional grande. Los dos motivos anteriores producían un tercero: su importancia económica.
Aunque la ciudad tenía unos 60.000 habitantes, en las festividades pasaban de 125.000 los turistas peregrinos (las cifras que dan Josefo y Tácito son improbables). Toda esa masa humana le daba importancia económica: centro de grandes negocios monetarios, de banqueros, recaudadores de impuestos, de mercaderes de esclavos y de ganado (el templo consume mucho ganado). Los precios allí eran muy altos (hasta 10 veces más). Todo judío debía gastar la décima parte de su cosecha en Jerusalén y enviar dos días de su salario al templo. Grandes caravanas abastecían la ciudad, ya que Judea producía poco trigo, aunque bastante vid, olivos, higueras, dátiles y legumbres. En Jerusalén estaban prohibidos los jardines; sólo había una rosaleda que se empleaba para hacer perfume. Una regular ganadería (ovejas, cabras, novillos) podía abastecer a la población (se comía poca carne y más pescado ahumado o salado), pero no al templo. Para hacer llegar los productos, había que protegerlos de los bandoleros.
En la parte montañosa o desierto de Judá, junto al Mar Muerto, se encontraba el principal centro esenio: Qumrán. Ciudades de esta región eran: Arimatea, Efraín, Jericó, Emaús, Betfagé («casa de los higos verdes»), Betania, que no se debe confundir con el lugar donde bautizaba Juan al otro lado del Jordán, y Belén («casa del pan»). Este pueblecito está a 8 km. de Jerusalén y a 148 km. de Nazaret.
Otras regiones vecinas son también nombradas por los evangelios: Perea, en la Transjordania, donde bautizaba Juan. La Decápolis, confederación de diez ciudades para mutua defensa; una de ellas era Ammán, capital de la actual Jordania. Idumea, al sur de Judea, que limita ya con el desierto árabe. Iturea, Abilene y Traconítida eran regiones transjordanas del norte.Palestina es un minúsculo punto del imperio romano, encuadrado en la provincia de Siria. Es una zona fronteriza. Sus habitantes son muy peculiares y viven pobremente gracias a dos elementos: el fisco y la mala distribución de la riqueza. En tiempos de Jesús, los habitantes debían ser unos 600.000. Si los ascendiéramos a un millón, sería admitir el doble que en 1926. Las cifras que dan los expertos son, sin embargo, muv dispares.
Organizacion social de palestina
La estructura social, política y religiosa son un determinante más en la definición de una persona. Datos de este tipo aparecen continuamente en los evangelios y hemos de aprovecharlos para encuadrar a Jesús en su ambiente.
Estructura política de Palestina
La política en los tiempos de Jesús estuvo fundamentalmente marcada por dos personas: Herodes 1 y Poncio Pilato.
Herodes I el Grande, hombre de talante helenista y origen árabe, fue puesto por el senado romano como rev vasallo de toda Palestina (del año 37 a. C. al 4 a. C.). Estaba obligado a defender con sus tropas auxiliares las fronteras del imperio que le correspondían. Era muv hábil para maniobras políticas, y así superó todas las crisis y cambios de «dueño». Estaba obsesionado por mantener su soberanía mediante dos métodos: estar siempre del lado del que mandase en Roma y eliminar a los que podían aspirar a su puesto, principalmente a sus hijos.Cuenta un escritor que Augusto decía:
«Más vale ser el cerdo («hun», en griego) de Herodes, que su hijo». Este escritor tenía en cuenta que los judíos no comen cerdo y que a sus hijos Herodes los mataba. Con un ejército compuesto por galos, germanos y tracios, distribuidos por todo el país, reprimía cuantas conspiraciones se organizaban (fariseos, año 25 a. C.). En el 35 a. C., porque el pueblo aclamó al sumo sacerdote Aristóbulo (17 años), cuñado suyo, mandó ahogar a éste en una piscina de Jericó. Mató a dos de sus hijos y estranguló a su mujer. Cinco días antes de su muerte, hizo matar a otro hijo y quemar a varios fariseos. Ordenó que después de su muerte ejecutasen a un numeroso grupo de importantes judíos, que tenía concentrados en el hipódromo, diciendo que de esta manera llorarían muchos el día de su muerte. Trató mal incluso a los saduceos. Atribuirle, pues, una matanza de niños no es nada improbable (Nerón mandó matar a muchos niños de Roma por la aparición de un cometa en el cielo romano).
Herodes hizo muchísimas obras públicas: reconstrucción del templo, de las tumbas de los patriarcas, conducciones de agua, teatros, fortalezas como la Torre Antonia, ciudades portuarias (Cesarea) y estadios deportivos. Los juegos atléticos le gustaban mucho y él ofreció los premios más importantes de la 192 Olimpiada; ayudó para que no dejasen de celebrarse juegos cada cinco años por falta de dinero. Con todo esto trataba de ganarse la simpatía del pueblo (obras públicas y puestos de trabajo). Su reinado fue bastante bueno en el terreno económico: controló a los bandidos en beneficio del comercio. En épocas de hambre, fundió su propia vajilla de plata para alimentar a los necesitados. Redujo en varias ocasiones los impuestos.
El país gozó de forzada tranquilidad y de cierta prosperidad mientras él reinó. Quiso que le sucedieran tres de sus hijos, partiendo el reino, pero Roma sólo los admitió en calidad de gobernadores, no de reyes como él lo había sido.
Herodes I el Grande rey de toda Palestina
Estos fueron virreyes, bajo el dominio de Roma, en partes del territorio de su padre. Uno de ellos, Arquelao de Judea, fue desterrado al sur de Francia (Vienne) a causa de su crueldad y, en su lugar, se pusieron prefectos (procuradores) romanos. El quinto de ellos fue Poncio Pilato.
Poncio Pilato, protegido por Sejano (el hombre más influyente de Roma y, además, antijudío), fue prefecto (gobernador) mientras se desarrolló la predicación y muerte de Jesús (del 26 d. C. al 37 d.C .). Tenía como funcióncontrolar aquellas regiones, nombrando o destituyendo al sumo sacerdote (especie de presidente del gobierno), cobrar por medio de una red de agentes (publicanos) los tributos que se imponían, partiendo de las tasas que se hacían en los censos, y autorizar la ejecución de la pena de muerte, generalmente por delitos políticos.
Pilato nombró sumo sacerdote a José Caitas, el cual, como su apodo permite suponer, había sido director de las investigaciones del sanedrín y que perdió su cargo al mismo tiempo que Pilato. A Gayo Pilato lo describe Agripa como «inflexible de carácter, arbitrario y despiadado» y le acusa de «venalidad, desafueros, robos, ultrajes y amenazas; de acumular las ejecuciones sin previo juicio, de crueldad salvaje e incesante», citando también ejemplos de todas estas acusaciones. Pilato residía en Cesarea del mar (puerto). Provocó constantemente a los judíos: trajo descubiertas a Jerusalén (hasta entonces se había evitado) las enseñas de sus tropas, las águilas romanas y la imagen del emperador (las imágenes de animales y personas son contrarias a la religión judía), y hubo de retirarlas después de tumultos y muertes. Empleó dinero del templo (dinero sagrado) para obras hidráulicas, disolviendo las manifestaciones sus soldados que, disfrazados de judíos y armados de garrotes, estaban entre la gente. Realizó una matanza de gahleos en el templo y, posteriormente, otra de samarita- nos. En sus monedas estaban los símbolos del culto al emperador.
Disponía de unos 3.000 hombres, en su mayoría griegos y sirios (los judíos estaban exentos del servicio militar para poder guardar el sábado). Tenía de respaldo tres legiones (36.000 hombres) y una flota anclada en Antio- quía, que dependían del gobernador de Siria. Cuando Sejano cayó en desgracia y fue ejecutado, Pilato se quedó sin apoyo y fue depuesto por su superior Vitelio y enviado a Roma para rendir cuentas ante el emperador (año 37 d. C.). Cuando llegó a Roma, Tiberio había muerto. Desterrado a las Galias, parece que murió violentamente.
El sanedrín («consejo», «sentarse juntos») era la institución más importante en el mundo judío. Era una especie de parlamento con poder legislativo, judicial y ejecutivo, sólo limitado en sus funciones por los ocupantes romanos, pero con influencia en todos los judíos dispersos por el mundo, a los que se llamaba «los de la diàspora», los de la dispersión. Unos siete millones de judíos había en el imperio romano.
El sanedrín estaba compuesto por 71 miembros pertenecientes a tres clases: los ancianos (senadores o presbíteros) que, a su vez, pertenecían a la aristocracia y hombres de negocios; los sumos sacerdotes retirados o los miembros de sus cuatro familias; y, finalmente, los letrados o escribas, casi todos del grupo fariseo.
El presidente era el sumo sacerdote en funciones (especie de presidente del gobierno), y su cometido era el de gobernar el país bajo la tutela de Roma. Sabemos que en algunas épocas no tenía poder para ejecutar sentencias de muerte sin permiso del prefecto romano.
Como corte de justicia, el sanedrín juzgaba los delitos contra la ley, fijaba la doctrina y controlaba toda la vida religiosa. Tenía guardias a su disposición. Por toda Palestina había pequeños sanedrines de tres miembros, uno de los cuales hacía de juez.
Estructura religiosa de Palestina
La vida religiosa giraba en torno a tres instituciones: el templo de Jerusalén, las grandes fiestas y la sinagoga.
El templo. Prácticamente siempre fue uno solo para todos los judíos del mundo, que iban a él al menos una vez en la vida. Era algo tan esencial en Israel que se podía definir al país como «el Estado del templo», ya que vivía de él y para él. La historia breve del templo podría ser ésta: el primer edificio fue construido por Salomón, como parte de su palacio, y destruido por los babilonios en el año 587 a. C. Después se edificó otro, en el mismo lugar, al regreso del exilio, en el año 515 a. C., que fue también destruido varias veces. La tercera reedificación fue llevada a cabo principalmente por Herodes I y se terminó en el año 64 d. C. Seis años mas tarde, fue destruido por los romanos y no se ha vuelto a construir ningún otro en ese lugar. Hoy ocupa su sitio la mezquita de Omar. Podemos observar, pues, que durante toda la vida de Jesús el templo estuvo en obras. Recalquemos que era el único para todo el mundo y no había, como sucede con nuestras iglesias, uno en cada ciudad.
Lo esencial del culto consistía en quemar animales despellejados previamente. Detrás del altar estaba el santuario, es decir, un edificio cúbico de 50 m. de lado, que interiormente sólo tenía dos habitaciones separadas por una doble cortina (velo). En la primera, al entrar - «el santo»-, había un altar con incienso, la mesa de los panes de la proposición y el candelabro de los siete brazos. La otra habitación - «el santo de los santos» (superlativo hebreo que quiere decir: «lo más santo»)- estaba vacía; era el lugar de la presencia del Señor y sólo el sumo sacerdote entraba una vez al año, en la fiesta de «Yom Kippur».
El culto, es decir, el matar los animales y quemarlos tras quitarles la piel, era realizado por los sacerdotes (carniceros especialistas del templo), los cuales, por ello, ocupaban una posición especial en la sociedad, que nada tenía que ver con su situación económica. A la cabeza de ellos estaba el sumo sacerdote que, además de ser la suprema autoridad política, era en el terreno religioso el representante del pueblo ante Dios, intermediario entre Dios y el pueblo. Sus vestiduras las «custodiaban» los romanos, a pesar de las protestas judías por esta ingerencia. A sus órdenes estaban el jefe del templo, el vigilante y tres tesoreros, de los que dependía ya el resto del personal. Disponía también de fuerzas de policía con poder de encarcelar. Se sacrificaban en el templo diariamente por culto oficial cuatro animales y muchísimos más privados, aunque no fuese fiesta.
Los sacerdotes, con traje de lino blanco, eran unos 7.200 divididos en 24 secciones, que intervenían por turno dos semanas al año y también en las tres grandes fiestas. Como carniceros, estaban obligados a guardar una serie de normas higiénico-religiosas para no provocar epidemias.
Fuera de estas ocasiones, el sacerdote, normalmente pobre, practicaba su oficio en el lugar donde vivía. No se accedía al sacerdocio por voluntad propia, o por vocación, sino sólo por herencia. Jesús no pudo ser sacerdote, porque su tribu no era tribu sacerdotal. Como ayuda a los sacerdotes, había unos 10.000 levitas que hacían de sacristanes, músicos, policías, etc. Ya vemos que el parecido de estos sacerdotes con los curas católicos de la actualidad es nulo.
Festividades judías. Todas tenían carácter religioso y sufrieron muchos cambios desde sus orígenes. En septiembre se celebraba la fiesta de año nuevo, que venía a ser la de Yavé rey. Diez días después, el día del gran perdón («Yom kippur»), en el que se sacrificaba el chivo expiatorio. A su vez, cinco días más tarde, tenía lugar la fiesta de las tiendas (vendimia); durante ella, vivían en tiendas de ramas, recordando el tiempo que vivieron así en el desierto.
En el primer plenilunio de primavera (14/15 Nisán) tenía lugar la fiesta principal: la pascua (primeros corderos). La palabra puede significar «salto» o «paso» y en su origen pudo ser una fiesta de pastores. En esta ocasión, acudían a Jerusalén unos 180.000 judíos y extranjeros de todo el mundo. En ella se recordaba la salida de Egipto y se comía el cordero pascual y el pan sin levadura. Cincuenta días después (mayo), con los primeros panes de la cosecha, se celebraba la fiesta de Pentecostés, recordando la ley del Sinaí y el pacto o alianza hecha con Dios.
Además de estas fiestas, existían otras de menor importancia. Cada una de las tres grandes fiestas principales duraba una semana, sin contar los días de viaje.
La sinagoga. La palabra sirve para indicar tanto la gente que se ha reunido como el edificio donde lo hace o la organización por la que se rige. El lugar solía ser una habitación rectangular con sus tres naves orientadas hacia Jerusalén. Tenía un armario para guardar los rollos de la ley, y su local servía, a veces, de escuela. Así como templo no había más que uno para todos los judíos del mundo, sinagogas podía haber varias en la misma ciudad (como «parroquias católicas»).
En Roma había 13 sinagogas y en Jerusalén, 480. La dirección de la sinagoga corría a cargo de un archisinagogo. La sinagoga tenía bienes propios, cementerio e incluso tribunal que podía imponer la pena de flagelación. Con un fondo común se ayudaba a los pobres de esa sinagoga (una especie de «Cáritas»). Cumplía por tanto el papel que entre nosotros desempeñan el ayuntamiento, el juzgado, la parroquia y las obras de beneficencia.
Los ritos religiosos de los sábados (equivalente social a nuestra misa) constaban de dos partes: primero, la «Sema» (escucha), profesión de fe o credo judío, lectura del decálogo y las 18 bendiciones, a las que los asistentes respondían «amén». En la segunda parte se leía un trozo de la ley (Pentateuco) en hebreo y otro trozo de los profetas (cada línea se traducía al arameo). Todo era comentado por los presentes. Leían los varones mayores de 12 años, debían asistir al menos 10 hombres libres y podía predicar cualquiera. El presidente casi nunca era sacerdote.
Estructura social de palestina
Es difícil dar un nombre adecuado a los grupos judíos en tiempos de Jesús, ya que en ellos se entremezcla el carácter personal, la clase social, la opinión religiosa y las posturas políticas. Por ello no los podemos llamar exactamente ni clases ni sectas ni partidos políticos.
a) Saduceos. Su origen es oscuro, aunque ya se dejan notar en el año 153 a. C. Son posiblemente los autores de Eclesiastés, 1 Macabeos y Eclesiástico. Su nombre deriva de Sadoc, del que descendían, desde los tiempos de Salomón, los sacerdotes de Jerusalén.
Su situación social era alta. Eran los más influyentes, por lo que los ocupantes griegos, los romanos y aun Herodes I (que mató a 45 que le eran contrarios) tuvieron que contar con ellos. Eran la aristocracia, los principales sacerdotes y los grandes propietarios. Todos los puestos de importancia nacional estaban en sus manos.Sus ideas religiosas: integristas y conservadoras, sobre todo en lo referente al templo y su funcionamiento, con ceremonias solemnes y fastuosas. Admitían la «Torá» (Pentateuco) al pie de la letra, pero rechazaban la resurrección de los muertos. Decían que Dios premia de inmediato a los buenos (ellos son ricos, luego Dios dice que son buenos). Su conducta era materialista, liberal en algunos aspectos y mundana, por lo cual eran enemigos de los fariseos y, prácticamente, de todos los demás grupos.
Sus ideas políticas los llevaban a colaborar con el poder, ya fuese Grecia o Roma. Eran aficionados a modas y culturas extranjeras, por lo cual eran odiados por los judíos más fanáticos (zelotes). Generalmente todos los saduceos residían en Jerusalén. Estaban acorralados porque Roma les había quitado el poder político y una parte del poder religioso (al sumo sacerdote, cargo que no era hereditario, lo nombraba y controlaba Roma). Los fariseos les habían quitado ante el pueblo la autoridad incluso en el culto. Bajo la presión popular, tuvieron que aceptar muchas cosas que no eran de su gusto.
b) Fariseos. Su origen parece ascender al año 160 a. C., cuando se forman grupos (jasideos) para salvar la pureza de la fe y las costumbres judías frente a sus enemigos.
Su nombre parece venir del arameo «peryssaya», es decir, los separados, nombre que les debieron dar porque su rigurosa observancia del lev los separaba de la gente («el pueblo maldito»), A sí mismos se llamaban «haberim», es decir, compañeros. No estaban dirigidos por sacerdotes, aunque había algunos entre ellos. Su organización era bastante completa y tenían hasta «economatos», quizá para tratar menos con el pueblo. Hillel, Sammay, Gamaliel, Johanán ben Zakkai fueron algunos de sus maestros famosos.
Su situación social era de la clase media (artesanos y escribas). No tenían mucho dinero, pero tenían saber, y el pueblo veía en ellos sus guías espirituales. Se trataban poco con el pueblo marginado, pero tampoco lo hacían con la clase saducea. Los rabinos o maestros abundaban entre ellos, exigiendo a la gente un trato diferente, especial y honorífico.
Sus ideas religiosas estaban apoyadas en una estricta fidelidad a la ley con la ayuda de la tradición oral, pues, según ellos, la «tradición de los padres» obliga como la ley. Es una lástima que se les haya caracterizado como hipócritas. Ellos confesaban que dentro de su grupo había de todo, e incluso ellos mismos caricaturizaban a algunos tipos de fariseos.
A la ley estaba sometido incluso Dios: ellos tenían que cumplir su parte y Dios la suya. Los doctores de la ley tenían poder para decidir lo que estaba prohibido o permitido (atar y desatar). Este celo exagerado por la ley los llevaba a ser intolerantes y a veces inhumanos. Aceptaban la resurrección, los ángeles y el mérito exigióle ante Dios por haber cumplido la ley. A pesar de su legalismo, respetaban, a diferencia de los esenios, la vida del hombre: todo peligro de muerte dispensaba de guardar el sábado. Rechazaban lo apocalíptico. Esperaban el advenimiento del mesías y la llegada del reino de Dios. Se consideraban «el resto de Israel», es decir, los únicos verdaderos israelitas. No rompieron con el templo, como hicieron los esenios, y dominaban las sinagogas. Al principio protegieron a los cristianos de raza judía, porque éstos eran buenos cumplidores de la ley.
Sus ideas políticas eran de estar en contra de todo lo que no tuviera en cuenta la fe de Israel. No eran colaboracionistas como los saduceos (en el año 7 a. C., 6.000 fariseos se negaron a prestar juramento de fidelidad a Augusto). Ahora bien, por esta causa no ocuparon cargos de importancia. Eran menos extremistas que los fanáticos zelotes. Pensaban que, cumpliendo la ley, Yavé los libraría de los romanos. Soportaron persecuciones y sanciones, a veces muy cruentas (en el año 78 a. C. fueron crucificados 800). Herodes I quemó a varios de ellos.
c) Zelotes. El nombre, apenas castellano, se deriva de la palabra «celo» y viene a significar «los fanáticos». Este fanatismo podía tener diversos objetivos y medios: había fanáticos por cumplir la ley, otros lo eran por castigar a los judíos que no la cumplían (judías casadas con extranjeros) o a los no judíos que profanaban el templo. Solían, pues, ser considerados por los romanos como alborotadores y rebeldes, al menos en potencia.
Si bien antes del tiempo de la predicación de Jesús hubo sublevaciones armadas dirigidas por Judas de Gamala, alias «el galileo» y su foco principal -Séforis, a 5 km. de Nazaret- fue destruido, crucificándose a dos mil rebeldes o «bandidos», como les llamaban los romanos en el año 3 d. C., la opinión de las últimas investigaciones sobre el tema se inclina por afirmar que en los tiempos de Jesús no existía un grupo más o menos unificado y organizado que se llamase «los zelotes», y que tuviera objetivos políticos, llevando a cabo una lucha organizada.
Había, eso sí, revueltas episódicas y frecuentes, pero se trataba más de obra de fanáticos religiosos que de políticos (aunque no fuera fácil hacer, ni entonces ni ahora, esta distinción). Como grupo político, no debieron reorganizarse hasta el año 66 d. C. Dice Flavio Josefo: «Su fundador fue Judas el Galileo. Sus adeptos están generalmente de acuerdo con la doctrina de los fariseos, pero son gente ebria de libertad, ya que piensan que sólo Dios es su jefe y señor. Las muertes más extraordinarias y los suplicios de sus parientes más íntimos les dejan totalmente indiferentes, con tal no se vean obligados a llamar a ningún hombre señor» {Ant., 18, 23).
Llegada la ocasión, estuvieron enzarzados en luchas internas entre ellos. El término «bandido» o «ladrón», dadas las circunstancias, habrá que examinar en cada caso qué significa, pues puede tratarse de un enemigo del orden social establecido (una especie de terrorista) o de un aten- tador contra la propiedad ajena (la crucifixión de Jesús entre dos ladrones o la liberación de Barrabás son dos ejemplos en los que puede tratarse de rebeldes políticos). El mismo Juan bautista, nos dice Josefo, fue eliminado por temor a rebeliones. Examinando el grupo de Jesús, encontramos, en primer lugar, que a él le llaman el «galileo» (todo galileo es sospechoso de rebeldía), que algunos de sus seguidores llevan apodos un tanto guerreros: los hijos del trueno, Simón el Zelote, Judas Iscariote... Todo ello parece indicar sus tendencias o antecedentes (sicarios eran los que llevaban un puñal pequeño «sica» para asesinar).
Pese a éstos y otros indicios, es claro que Jesús no fue un agitador político y mucho menos un violento, aunque los que llevaban un puñal pequeño -«sica»- para asesinar), embargo, la doctrina de Jesús tuvo también repercusiones en el campo político. Los zelotes tuvieron mucha importancia en las guerras judías contra Roma (años 66 d. C. y 132 d. C.). Degollaron a la guarnición de Jerusalén, se hicieron con el poder matando a los colaboracionistas y resistieron ferozmente a cuatro legiones romanas. Finalmente, antes de rendirse, se suicidaron en el castillo roquero de Masada.
Sus ideas religiosas se fundamentan en que Dios es el único señor de Israel. Aceptar la sumisión a un soberano extranjero y de otra religión (César) supone renegar de su fe y, por tanto, hay que combatirlo, no jurándole, desde luego, fidelidad ni pagándole tributos. Dios desea el heroísmo de su pueblo para hacer llegar su reino y expulsar a los romanos y a sus colaboradores. Esperan un mesías-rey salido de entre sus jefes, e incluso alguno de ellos llega a ser proclamado como tal (Simón bar Kosba, el hijo de la estrella, reconocido mesías por el rabino Aqiba en el año 132 d. C.). Rechazan violentamente todas las imágenes de hombre o animales, linchan a los que profanan el recinto del templo o se casan con mujeres no judías y obligan a todos a circuncidarse.
Sus ideas políticas son opuestas a las de los ocupantes romanos y a las de los que colaboran con ellos (saduceos, publícanos, etc.). Su programa social trata de garantizar a todo israelita una subsistencia digna y, al mismo tiempo, impedir las grandes diferencias sociales. Algunas de sus acciones consistieron en destruir los registros de la propiedad y los archivos de los prestamistas (bancos), con lo que se ganaron las simpatías del pueblo deudor. Coinciden con los esenios, fariseos y cristianos en tener como título honorífico el que se les llame «pobres» (un equivalente aproximado a «proletario»).
Su situación social -podemos deducirlo fácilmente- era baja, con contadas excepciones. Tampoco es necesario añadir que, como los demás, también se creen el verdadero Israel.
Esenios. Nos son conocidos al menos desde el año 136 a. C. Eran una especie de monjes con tendencias muy ascéticas (la mayor parte moría a los 30-40 años de edad, a juzgar por los cadáveres encontrados en sus cementerios) y un nivel de estudio muy alto. Los cita Plinio el Viejo en su Historia natural V, 17, 4). Importante entre ellos fue el Maestro de Justicia, personaje misterioso que fue tal vez el fundador o, al menos, el principal organizador. Su nombre, como todo lo referente a ellos, no es muy claro, pero podría significar «los devotos», «los silenciosos», o tal vez «los varones del consejo de Dios». A sí mismos se llaman «los santos» (recordemos que los fariseos y los cristianos también se 11amaban así) o «los hijos de la luz» (frase que también aparece en los evangelios).
A la comunidad que forman la designan como «la unión» o «los pobres de espíritu». Antes de ingresar en el grupo (a los 20 años de edad) con juramento solemne, debían pasar 2 años de prueba. Los admitía el inspector («mebaqqer», «episkopos»), persona que debía tener más de 30 años y menos de 50. Su función era parecida a la del obispo cristiano; incluso en sus relaciones se habla de las de pastor-rebaño. A la cabeza de todos ellos había también una autoridad monárquica. No se admitía a quien tenia algún defecto físico o mental. Estaban dirigidos sobre todo por sacerdotes y levitas, separados del culto del templo por considerarlo impuro.Vivíanen pobreza personal, en celibato (aunque también los había casados) y en obediencia a los superiores que ellos mismos elegían. Estabanrígidamente organizados (como el ejército de Israel en sus tiempos antiguos). Trabajaban manualmente sobre todo en la agricultura, ganadería, artesanías de cerámica, sal o asfalto. Se abstenían del comercio y de la guerra. Podemos decir que casi se autoabastecían. El dinero lo tenían en común y el que entraba aportaba todo lo que poseía, además de su trabajo y sus capacidades. Eran unos 4.000 y en su mayoría debieron vivir en Qumrán (130 a. C.), lugar en pleno desierto a orillas del Mar Muerto. Ellos convirtieron en huerto lo que antes era sólo un secarral. En un gran edificio central solían vivir los célibes, mientras que los casados habitaban en cuevas y tiendas alrededor. Existían también algunos grupos en las ciudades que tenían propiedad privada. Un empleado en cada ciudad proveía a los esenios en viaje de vestidos y comida. La arqueología descubrió sus instalaciones y biblioteca en 1947; fue el mayor descubrimiento bíblico de todos los tiempos.
Sus ideas religiosas eran dar el combate final a los hijos de las tinieblas. Sus prácticas: abluciones rituales, veneración a Moisés y a los ángeles, oración matinal al salir el sol, estricta observancia del sábado aun con peligro de su vida, comidas colectivas rituales (como los fariseos y los cristianos), infierno para los impíos. La idea de la resurrección no está muy clara. Consideran que su comunidad es el templo espiritual y el suyo, el culto verdadero, porque el del templo oficial está hecho por sacerdotes ilegítimos y corrompidos. No coincidían ni siquiera en la celebración de las fiestas, porque ellos usaban un calendario solar de 364 días. Esperaban sólo la señal de Dios para actuar.
Sus ideas políticas se centraban en esperar dos mesías: el de Aarón, que eliminaría el pecado, y el mesías de Israel, que establecería el imperio israelita expulsando a los romanos. A ambos los designaban como «hijos de Dios». La guerra final durará 40 años con altibajos y, al final, ellos se vengarán. Su clase social era variada.
Marginados sociales. En la sociedad palestina había grandes grupos marginados por distintas causas: religiosas, morales o racistas.
Los «'am-ha-ares» o «pueblo del país» eran la clase social inferior, la plebe, fundamentalmente compuesta por habitantes del campo, muchas veces descendientes de extranjeros, que no conocían la ley más que en lo fundamental y ni siquiera eso cumplían. Eran despreciados, especialmente por los fariseos, que les llamaban «gentuza» o «pueblo maldito». No había que compadecerles, ni comprarles frutos, ni recibirlos en casa, porque ni siquiera resucitaran.
Los esclavos extranjeros (árabes) tampoco se integraban más que como mano de obra. Los publícanos eran otros marginados que cobraban, por arriendo de los romanos, los tributos sobre las mercancías importadas, teniendo empleados a su cargo para este cometido. Como el dinero cobrado tenía que sobrepasar el tributo para que les quedara ganancia, cometían muchos abusos, y el pueblo en general los odiaba y los tenía por ladrones.
Determinados enfermos, sobre todo de la piel (tenidos por leprosos) y de afecciones mentales o nerviosas (calificados como posesos) se veían apartados de toda vida social, incluso de la religiosa, mientras padeciesen estas enfermedades.
Bastardos, eunucos y bermafroditas también quedaban al margen. Los minusválidos (cojos, ciegos, paralíticos, etc.), frecuentemente convertidos en mendigos, eran otro tipo de marginados.
Los gentiles (los que no eran judíos) y los pecadores públicos (prostitutas, adúlteras, etc.) eran discriminados por motivos morales-religiosos. Los samaritanos formaban un caso aparte; eran «los imbéciles que vivían en Siquén». Llamarle a uno «samaritano» era el peor de los insultos. Ningún judío se relacionaba con ellos ni usaba objetos fabricados en Samaría. A su vez, los samaritanos creaban problemas a los judíos que iban a Jerusalén, a veces hasta con violencia.
Actividad económica.
La economía de Palestina estaba apoyada fundamentalmente en la agricultura y el turismo religioso a Jerusalén. La agricultura se limitaba a cereales, olivos, higueras, sicómoros y vid. El país era pobre en materias primas y lo único que exportaba era aceite, olivas y vino. Lo demás rara vez se podía encontrar sin importarlo, con los correspondientes recargos. En algunos parajes incultivables se criaba ganado: vacas, corderos, cabras, asnos y algo de avicultura (palomas y gallinas).
La pesca era posible solamente en el mar de Galilea (un gran lago). Se solía comer más pescado salado o ahumado que carne.
La artesanía era suficiente para el consumo nacional: sastres, zapateros, carreteros, albañiles, fabricantes de tiendas, herreros, alfareros y plateros eran oficios frecuentes.
El comercio a base de caravanas (a veces de más de 200 camellos) empleaba camelleros, posaderos, tenderos, cambistas de moneda, etc., todos los cuales eran sospechosos para el resto de la gente de ser estafadores. Había otros oficios que eran despreciados por comunicar mal olor (incluido el oficio de pastor); los refranes eran muchos a este respecto: «el mejor de los médicos es bueno para el infierno» y «el más honrado de los carniceros es un aliado de los amalearas».
El turismo religioso a Jerusalén era fundamental para que el país pudiera mantenerse; de ahí que se le pueda llamar a Israel «el Estado del templo» (quien ataca al templo, ataca a todo el país). Todo judío había de ir al menos una vez en la vida al templo y, aunque tenia posada gratuita por ser Jerusalén la casa de todos los judíos, debía gastar en la ciudad determinada cantidad de dinero («el segundo diezmo»: un diezmo del producto agrícola), además de los tributos religiosos que debía pagar al templo, de la compra de víctimas para los sacrificios, del tanto por ciento por el cambio de moneda y de los «souvenirs».
Tres semanas antes de la pascua, se montaba ya el mercado a las puertas del templo. Además, las obras y el funcionamiento de éste ocupaban a varias decenas de miles de personas, que no todas vivían en Jerusalén.
Otras circunstancias sociales
En el resto del país los jornaleros abundaban. Se les encontraba en la plaza del pueblo para el trabajo de un día, el cual se ajustaba con ellos en un denario de plata: éste era, pues, el salario de un día. En Galilea, donde tenían sus posesiones los mayores terratenientes (éstos vivían en Jerusalén), las fincas eran dirigidas por administradores, personajes frecuentes en las parábolas de Jesús. El paro fue en algunas épocas muy grande y la emigración mucha (hay que tener en cuenta que sólo heredaba el hijo mayor). Los judíos que vivían en el extranjero compraban, si podían, parcelas en Palestina para pasar allí su vejez y morir en su tierra.
Con parados, mendigos (verdaderos y falsos) y minusválidos, a los que no se permitía ni entrar en el templo, las calles estaban concurridas siempre.
Los escribas (teólogos de carrera) a los 40 años tenían derecho al título de «rabí», pero la gente llamaba así a otros muchos que no tenían estudios (rabí: padre, maestro).
Los esclavos israelitas, contra lo que el nombre hace suponer, eran personas respetadas que tenían trabajo fijo por seis años; pero los esclavos no israelitas lo eran por siempre, rigiéndose por otro estatuto.
Una institución típicamente israelita era el año sabático. Tenía que notarse que Dios era el dueño de todo: cada siete años, llegaba el año sabático, durante el cual la tierra no se sembraba, los esclavos israelitas quedaban libres y las deudas caducaban.
La ley señalaba también el año jubilar: cada 50 años, las tierras tenían que distribuirse de nuevo y cada israelita volvía a tener lo que quizá hubiese vendido su familia anteriormente. Pero parece ser que esta ley no se aplicó nunca.
La vida diaria
La familia, patriarcal, tenía al padre como dueño abso luto, sacerdote y maestro de todos los componentes. La mujer era respetable si tenía hijos (ese es su único papel); de lo contrario, era menospreciada; no era sujeto de derecho y por ello la tenía que defender su marido o su padre. Las viudas estaban desamparadas, no servían para testigos e incluso religiosamente eran discriminadas: «Mejor sería quemar la ley que enseñarla a las mujeres». «Alabado seas porque no me hiciste mujer, pues ellas no están obligadas a los mandamientos, sino sólo a las prohibiciones». Estas frases eran corrientes en esa época. Las hijas eran poco más que bienes que se vendían a los pretendientes que las compraban lo mismo que a un esclavo. Se las casaba antes de los 12 años y medio, ya que después de esa edad se precisaba su consentimiento. Los varones lo hacían entre los 18 y los 24 años. Eran frecuentes los matrimonios con sobrinas y la poligamia práctica era bastante normal. La mujer debía lavar los pies al marido, cosa que estaba prohibido hacer incluso a los esclavos judíos.
No se la saludaba en la calle y sólo el día de la boda llevaba la cara descubierta. Estaba en estado de impureza legal (higienico-religiosa) durante la menstruación y 40 u 80 días después del parto, según hubiera dado a luz niño o niña. El hombre podía repudiar a su mujer, según algunos, si se le socarraba la comida o si encontraba otra mas hermosa que ella. Otros eran mas severos con las causas. Dado lo distinto del contrato matrimonial (padre-esposo), el repudio no equivalía exactamente al moderno concepto de divorcio que se deduce de un contrato entre esposo y esposa.
Los hijos varones eran instruidos por su padre en las costumbres y religión israelita. Tres veces al día debía rezar el judío la oración de las 18 bendiciones de cara a Jerusalén, de pie, con las manos extendidas y la vista baja.
El sábado lo guardaban los judíos de todo el mundo. Era día de descanso para todos, incluso para los animales, por lo que se discutía si era lícito comer un huevo puesto en sábado. Tres toques de trompeta anunciaban su comienzo y durante él sólo se podía andar algo más de un kilómetro, aunque se admitían muchas excepciones a estos 2.000 codos.
-
Recursos
-
-
Actividades
-
Material Descargable
Descarga el contenido de esta semana para estudiar offline.
-