El estudio de Jesús de Nazaret constituye un eje central para la comprensión del cristianismo y de una parte fundamental de la historia cultural y religiosa de Occidente. Su figura no solo ha sido objeto de fe, sino también de análisis histórico, filosófico y teológico. A lo largo del tiempo, investigadores creyentes y no creyentes han coincidido en reconocer que Jesús no es un mito, sino un personaje históricamente ubicado, cuya vida y mensaje influyeron de manera decisiva en la configuración de comunidades, creencias y prácticas religiosas.
Este tema aborda, desde una perspectiva histórico-crítica, el contexto en el que vivió Jesús, las fuentes cristianas y no cristianas que dan testimonio de su existencia, y el proceso mediante el cual su mensaje fue transmitido y recogido en los evangelios. Al mismo tiempo, se propone un acercamiento reflexivo que permita comprender el paso de la historia a la fe, reconociendo que la investigación histórica y la experiencia creyente responden a niveles distintos pero complementarios de comprensión.
Disimilaciòn
El nombre Jesús procede del hebreo Yehôšûa‘, que significa «Yavé salva». Por un fenómeno lingüístico conocido como disimilación, este nombre evolucionó a la forma Yêšûa‘, más sencilla en su pronunciación. La disimilación consiste en la modificación de sonidos semejantes dentro de una palabra para facilitar su pronunciación. Desde esta forma hebrea se derivó el nombre latino Iesus, del cual procede el nombre Jesús utilizado actualmente. Este era un nombre común entre los judíos hasta el siglo II d. C., lo que refuerza su carácter histórico y no mítico.
Evangelistas
Los evangelistas son los autores de los cuatro evangelios que componen el Nuevo Testamento: Marcos, Mateo, Lucas y Juan. Aunque cada uno escribió desde contextos, destinatarios y estilos distintos, todos transmiten un mismo mensaje fundamental: la buena noticia del Reino de Dios anunciada por Jesús. Marcos redactó el primer evangelio hacia el año 60, seguido por Mateo y Lucas alrededor del año 80, mientras que el evangelio de Juan fue escrito hacia el año 100. No se trata de cuatro evangelios distintos, sino de un solo evangelio expresado de cuatro maneras, resultado de un proceso que combina tradición oral y tradición escrita.
Pero... ¿ha existido en realidad Jesús de Nazaret? La pregunta puede parecer innecesaria para el creyente cristiano que, por el hecho de serlo, da por supuesto que sí, aun sin detenerse a estudiar los detalles del problema. Pese a todo, tanto el cristiano como el ateo, o el perteneciente a otra confesión religiosa, suelen formularse alguna vez este interrogante sin disponer normalmente de la necesaria información.
Podemos decir que la cuestión de la existencia de Jesús no se plantea de forma notable hasta finales del siglo XVIII, aunque el tema llegue a comienzos del XX.
Actualmente podemos decir que la realidad efectiva de la vida de Jesús podemos comprobarla con las mejores razones que la ciencia pura posee en tales investigaciones». Rudolf Bultmann, uno de los críticos más radicales de las fuentes evangélicas, se expresa así: «Desde luego, la duda de si Jesús ha existido realmente carece de fundamento y no merece ni una sola palabra de réplica. Queda plenamente claro que Jesús está, como autor, detrás del movimiento histórico cuyo primer estadio palpable lo tenemos en la más antigua comunidad palestinense».
El nombre de Yehôsûa', significa «Yavé salva». Por el fenómeno fonético llamado , se convirtió en Yêsua'. Así lo encontramos en Nehemías (8, 17), de donde procede el nombre latino de Jesús. Hasta el siglo II d. C., fue un nombre muy corriente entre los judíos.
Figura 1
Jesús de Nazaret.
Nota. Imagen utilizada con fines educativos.
Jesús de Nazaret no es un mito. Su historia se puede localizar y datar. Y, aunque no podamos llegar a la última concreción, el número de kilómetros cuadrados o de años en los que se le enmarca es muy reducido. Este será precisamente el primer objetivo de este tema: ubicar históricamente la persona de Jesús.
No hace falta aclarar que los evangelios no son tratados de historia en el sentido moderno de la palabra; además, ni siquiera nos dan grandes precisiones cronológicas o geográficas. Pero, aun así, son documentos con un valor histórico, que coinciden con los que nos da la historia.
2.1. Jesús no nació en el año 1
En el imperio romano los años se contaban desde la fundación de Roma, que convencionalmente se fija en el 753 a. C. Fue el monje Dionisio el Exiguo el que, en el siglo VI, calculó, con los datos que poseía en su época, que Jesús habría nacido en el 754 de Roma, y que ése era el año 1 de nuestro calendario. Hoy conocemos un detalle que aquel monje desconocía y que modifica la datación: Herodes I el Grande, bajo cuyo reinado nació Jesús, murió el año 4 a. C. Según esto, lo seguro es que el nacimiento de Jesús tuvo lugar antes del referido año 4 a. C. Si, además, tenemos en cuenta toda una serie de indicios, podemos colocar con muchísima probabilidad el nacimiento de Jesús en los comienzos del 6 a. C. Que el hecho tuviese lugar en tiempo del emperador Octavio César Augusto encaja perfectamente, ya que gobernó desde el 30 a. C. hasta el 14 d. C.
Conviene también recordar que la celebración de la navidad, el 25 de diciembre, se establece tan sólo el año 354, a finales del reinado de Constantino II, porque ese día celebraban en Roma la fiesta del “Sol naciente” (solsticio de invierno)
Los relatos de la infancia de Jesús, por su género literario, son «difíciles de leer», pues, aunque aparenten ser relatos folklóricos, son en realidad teología de alto nivel. Desde luego, no se pueden leer como si fueran literariamente “historia”.
2.2. Jesús comienza a predicar
La única fecha exacta que los evangelios nos dan no se refiere a Jesús, sino a Juan el bautista, personaje citado también por el historiador Flavio Josefo (Ant., 18; 5, 2).
Figura 2
Juan el Bautista predicando en el Jordán
Nota. Imagen utilizada con fines educativos.
En Lc 3, 1 s., se nos cuenta que «en el año 15 de Tiberio César, siendo Poncio Pilato procurador de Judea y Herodes, tetrarca de Galilea; Filipo, su hermano, tetrarca de Iturea y Traconítida, y Lisanias, tetrarca de Abilene; en el pontificado de Anás y Caifás, fue dirigida la palabra de Dios a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto; y se fue por toda la región del Jordán proclamando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados».
Todos los nombres indicados coinciden perfectamente con la fecha que se señala, que coincidiría con el mes de septiembre del año 27 d. C. Por ello, podemos decir que en el año 28 de nuestra era, Juan bautista andaba predicando. Si suponemos que la predicación de Jesús se inició poco después que la del bautista, quizá ya en el año 28 de nuestro calendario comenzó Jesús su «vida pública». Para esta época Jesús tendría probablemente 34 años. La duración de la predicación de Jesús debió ser de unos dos años o tal vez menos.
En Lc 3, 23, se nos dice que Jesús, al comenzar, tenía «unos 30 años». El dato, tomado al pie de la letra, nos daría pistas para averiguar otras fechas; sin embargo, la frase parece que hay que entenderla en sentido simbólico, no matemático; «30 años» hay que traducirlo simplemente como «la edad ideal para comenzar una misión».
2.3. Cuándo murió Jesús
Todos los coinciden en que era viernes, «día de preparación, víspera del sábado». Dado que en aquella época el día se contaba de puesta a puesta del sol, este viernes (desde las seis de la tarde del jueves hasta las seis de la tarde del viernes) abarca todo el desarrollo de los acontecimientos: última cena, juicio, crucifixión y entierro. Sin embargo, los tres evangelios sinópticos afirman que eso tuvo lugar el día 13 de Nisán y Juan señala que fue el 14 del mismo mes. Con estos datos, parece que la fecha más probable de la muerte de Jesús es el viernes 7 de abril del año 30. Según todo lo anterior, probablemente Jesús tendría al morir 36 años de edad.
Tenemos también algunos testimonios, generalmente anticristianos, acerca de Jesús. Son pocos, porque toda la tradición histórico-literaria de la época imperial se ha perdido, con excepción de Suetonio y Tácito. No sabemos lo que dirían los demás historiadores, pero podemos pensar lógicamente que la gran historia universal apenas se fijaría en Jesús de Nazaret o en los cristianos.
Figura 3
Historiadores romanos: Suetonio
Nota. Imagen utilizada con fines educativos.
3.1. Suetonio
Escribe en el año 120 sobre los sucesos del año 51 y dice que «el emperador Claudio expulsó de Roma a los judíos porque, por la influencia de Cristo, llegaron a ser causa permanente de desorden» (Vita Claudü, 25, 4). Este hecho se cita en Hch 18,2.
3.2. Tácito
El gran historiador romano, en un texto del año 117, escribe a propósito del incendio de Roma, ocurrido en el año 64, y menciona la persecución de los cristianos.
Figura 4
Historiadores romanos: Tácito
Nota. Imagen utilizada con fines educativos.
3.3. Plinio el Joven
Legado imperial en las provincias próximas al Mar Negro, en el año 110 consulta a Trajano sobre cómo sancionar a los seguidores de Cristo,
3.4. Flavio Josefo
El único historiador judío de la época del que conservamos sus escritos, nos habla en Antigüedades judías (año 94 d. C.) de Juan bautista y, a propósito de las arbitrariedades del Sumo Sacerdote Anás, menciona que en el año 62 «convocó a los jueces del sanedrín y trajo ante ellos a Santiago, el hermano de Jesús, llamado Cristo -
Hemos visto los documentos no-cristianos de la época. Podemos observar que ninguno niega la existencia real e histórica de Jesús de Nazaret. Todos se refieren a él como a alguien concreto y no como a un ser mitológico. En realidad, si a la existencia de Jesús le pedimos más pruebas que a otros personajes, es precisamente porque él tiene actualmente para nosotros una trascendencia que los demás no tienen.
Sin la existencia real de Jesús, no habría lugar para la fe, pero, aunque con documentos históricos hayamos comprobado su existencia, solo la fe personal podrá hacernos ver en él al «hijo de Dios».
Si la biblia es una obra importante por su influencia en la cultura occidental (y a través de ésta en otras muchas culturas) y, además, por el número de creventes que la aceptan como «palabra de Dios», es evidente que en un 99% esto es debido al movimiento cristiano. Es decir: la biblia, entendida desde un punto de vista cristiano, es la que da color a una cultura y tiene una importante cantidad de creyentes.
Si la mayoría de los lectores, creyentes en la biblia, son cristianos, ello querrá decir que su lectura la harán inevitablemente desde un punto de vista cristiano y que, por consiguiente, en la práctica, concederán más importancia a aquellos escritos que coincidan más o expresen con mayor claridad esta perspectiva, o sea, el Nuevo Testamento.
Esto no supone en absoluto negar al Antiguo Testamento su calidad de «palabra de Dios» ni excluirlo de la historia de la salvación. Además, no sería posible entender la teología del Nuevo Testamento en toda su dimensión, si se prescindiera por completo del Antiguo.
Se trata sólo de constatar que el principal punto de interés del lector creyente actual son los llamados «evangelios», desde los cuales se hace una especie de comentario cristiano de toda la biblia, leyéndola, no para saber curiosamente por qué, por quién o en qué época se redactó tal o cual pasaje del Antiguo Testamento, sino para establecer qué es lo que nos quiere decir actualmente según los criterios de Jesús de Nazaret.
La palabra «evangelio», de origen griego, significa etimológicamente «buena noticia». El verbo griego «euangelizein» se usa ya en el Antiguo Testamento con el sentido de «anunciar la salvación que Dios concede» (Is 40, 9; 52, 7; 60, 6; 61, 1).
Figura 6
Los cuatro evangelistas
Nota. Imagen utilizada con fines educativos.
En el Nuevo Testamento, la palabra «evangelio» significa la predicación de Jesús o de los apóstoles y también el contenido de esa predicación, es decir, «la buena noticia, el anuncio de la llegada del reinado de Dios». Como esta noticia es única, queda claro que sólo hay un evangelio. Posteriormente, a los cuatro escritos que contienen la predicación de los apóstoles se les llama «evangelios». Hay, por tanto, un solo evangelio (una sola noticia) escrito de cuatro formas a las que llamamos los «cuatro evangelios» (Marcos año 60, Mateo año 80, Lucas año 80 y Juan año 100).
Dos etapas principales caracterizan el proceso de formación de los cuatro evangelios: una tradición oral y otra tradición escrita. Dentro de ellas encontramos también diversos pasos.
a) Tradición oral
- Por los años 27 al 30, Jesús predica, actúa y habla. Un grupo de discípulos, superior a la docena, cada uno con su propio modo de ser, fueron los testigos más asiduos de su actuar y su palabra.
- Entre los años 30 y 70, cuando Jesús había dejado de estar materialmente entre ellos, estos discípulos predican su experiencia y el significado de la existencia de Jesús de Nazaret.
b) Tradición escrita
En esta época, y para satisfacer las necesidades de los diversos grupos de creyentes que estaban separados a veces por largas distancias, se redactan varios tipos de escritos en n griego común, que resumen de forma estereotipada los discursos de Jesús, narraciones de hechos sueltos, simples frases, la pasión, cartas a comunidades, etc.
Tal vez antes, pero con seguridad entre el año 70 y el 100 d. C., los que nosotros llamamos evangelistas, valiéndose de estos escritos anteriores, de la propia experiencia y de otras fuentes de información, redactan para distintos destinatarios lo que actualmente conocemos como «los cuatro evangelios». Cada autor lo hizo a su manera, teniendo en cuenta, sobre todo, las circunstancias de aquellos a quienes escribía. No obstante, se trata de un mismo mensaje expresado de cuatro formas, de un mismo contenido explicado de cuatro modos diferentes.
De los cuatro evangelios contenidos en el Nuevo Testamento, sólo el de Juan (escrito hacia el año 100) tiene una orientación, vocabulario y estructura peculiares; los otros tres (los de Mateo, Marcos y Lucas) son tan parecidos y siguen en tanta proporción el mismo plan, la misma materia y aun la misma expresión literaria, que, si se editasen sus textos en tres columnas paralelas, podríamos ver con un vistazo o mirada de conjunto las coincidencias y las diversidades.
Ante esto, nos preguntamos: ¿Que explicación tienen las coincidencias? ¿Qué explicación tienen las diferencias? ¿Qué relación existe entre ellos?
Junto con otras cuatro o cinco, la «teoría de las dos fuentes» es la hipótesis más comúnmente aceptada para la contestación de estos interrogantes. Esta teoría supone lo siguiente:
Parece que el evangelio de Marcos, escrito hacia el año 60) es la base de los otros dos (Mt: 48% y Lc 31%). Así se explicarían muchas coincidencias.
Lo que no está en Marcos, y sí en Mateo o Lucas, (escritos hacia el año 80) consiste casi todo en discursos recogidos prácticamente de la misma forma, lo que hace pensar que los dos lo sacaron de la misma fuente. A esta fuente de información, distinta de Marcos, la llamamos «Q»
Hay que admitir, además, otra fuente desconocida de cada evangelio, especialmente del de Lucas.
Los escritos cristianos que componen el Nuevo Testamento no se reducen a los cuatro evangelios, aunque sean éstos los más manejados y conocidos. Existen otras 23 obras, de muy desigual extensión, que nos dan noticias sobre las primitivas comunidades de cristianos y su forma de entender y predicar el mensaje.
«Hechos de los apóstoles», libro debido muy probablemente a la pluma de san Lucas, constituye la continuación de su evangelio, es decir, el segundo volumen de su obra.
De sumo interés son las cartas o epístolas de san Pablo por la trascendencia que este personaje tuvo en la difusión, implantación, organización y posicionamiento de muchas comunidades de cristianos en diversas áreas del imperio. Este intelectual fariseo, viajero incansable, «cura obrero» en su oficio de hacer tiendas, había sido discípulo de Gamaliel, que a su vez lo había sido del gran rabino Hillel (60 a. C.-20 d. C.). Convertido en seguidor de Jesucristo, se opuso desde su prestigio a los legalismos de los judeocristianos y mantuvo con firmeza fórmulas de apertura para las comunidades, iglesias, de los no judíos. Del acierto de su visión da prueba el hecho sociológico de que todo el occidente, con los distingos que queramos poner, es cristiano, mientras que la postura mantenida por Santiago hizo que en el s. IV ya no quedasen comunidades de judeocristianos y que su lugar geográfico fuera ocupado más tarde por el islam. No menos de 14 cartas se atribuían tradicionalmente a san Pablo y ningún experto duda que al menos 8 fueron escritas por él entre los años 50 y 62.
Conservamos también cartas atribuidas a Santiago, a san Pedro (2), a san Juan (3) y a san Judas.
Cierra el Nuevo Testamento un libro de no fácil lectura, titulado Apocalipsis o Revelación. El autor se llama a sí mismo Juan y dice escribir en la isla de Patmos. En su conjunto, es el canto triunfal de la iglesia perseguida.
Leonardo Boff, Jesucristo y la Liberación del hombre. Ed. Cristiandad, Madrid, 1981. Pp. 193-196 y 215-216.
En un hombre descubrieron los apóstoles y la iglesia primitiva a Dios. El hombre Jesús de Nazaret reveló en su humanidad tal grandeza y profundidad que los que lo conocieron de verdad, tras un proceso de reflexión, concluyeron: sólo Dios puede ser tan humano. Entonces comenzaron a llamarlo Dios. Se convirtieron en «cristianos».
Lo que de experiencia de Dios hay en las religiones, los cristianos lo encuentran vivo y concreto en un hombre, Jesús de Nazaret, en su vida, en sus palabras y en sus hechos, en su muerte y resurrección.
Pero, ¿cómo puede entenderse que un hombre concreto con su historia individual y datable sea al mismo tiempo Dios? ¿Cómo hacer comprensible y armónica la difícil paradoja de que lo finito es infinito, o lo «totalmente otro» es, no parecido, sino igual a nosotros?
No será a través de un análisis abstracto de los términos «Dios» y «hombre» como nos podemos acercar mejor a este misterio, sino partiendo de Jesucristo mismo. No se trata tanto de hablar sobre él, como de hablar desde él.
¿Con qué palabras podemos expresar esta realidad de la encarnación de Dios? Al hablar y reflexionar a partir de Jesucristo, usamos palabras y comparaciones del mundo cultural que nos rodea, las mismas con las que podemos entendernos con los demás y hacernos comprensibles a nosotros mismos. Nuestros conceptos y fórmulas son el vaso exterior que envuelve el misterio. No sustituyen el misterio, pero quieren comunicarlo, aunque sea de forma imperfecta, siempre dentro del lenguaje comprensible de cada época. Si bien los dogmas no quieren abarcar ni sustituir el misterio, establecen una regla doctrinal y comunitaria de hablar a partir del misterio. Son la fijación verbal y doctrinal, con la ayuda de los modos de expresión que la cultura ambiental ofrece, de las verdades fundamentales del cristianismo para un determinado tiempo.
Por eso, para ser cristiano y ortodoxo no basta con recitar fórmulas antiguas y venerables. Es necesario vivir el misterio que las fórmulas encierran e intentar decirlo siempre de nuevo, dentro de nuestro lenguaje y de nuestro tiempo. Sólo así la fe deja de ser un objeto de museo y se convierte en elemento inspirador de vida y de continua superación en dirección a Dios y a la profundidad humana.
Mantener que Jesús es auténtico hombre y auténtico Dios llevó trabajo a la iglesia antigua. Jesús no es una apariencia de hombre que en realidad ni sufre ni muere, ni un subordinado o criado de Dios, ni siquiera un hijo adoptivo. No es un hombre semejante a Dios, sino de igual naturaleza que Dios (luz de luz), Dios auténtico y hombre perfecto y verdadero.
Pero esta confesión de fe en Jesús lleva consigo la exigencia de imitar su modo de ser como «ser-para-los-otros». La encarnación, por tanto, encierra un mensaje concerniente no sólo a Jesucristo, sino también a la naturaleza y destino de cacia hombre.
Si Jesús es verdadero hombre, lo que se afirma de él se podrá afirmar, en alguna medida, de todos los hombres, y podremos así entrever quiénes y cómo somos nosotros mismos. Como Jesús, todo hombre se encuentra en una situación de apertura a la totalidad de la realidad, no solamente al mundo o la cultura. Está abierto al infinito que él entrevé en la experiencia del amor, de la felicidad, de la esperanza, del sentir, del querer y conocer que anhela por eternidad y totalidad. El hombre no quiere ser solamente esto o aquello: lo quiere todo.
Jesús es para nosotros ejemplo tipo del verdadero hombre que cada uno de nosotros debe ser y todavía no es.