La causa de los pobres. Los milagros y la observancia del sábado
Introducción
El mensaje de Jesús, tal como aparece en los evangelios, coloca en el centro a los pobres, a los excluidos y a quienes sufren. A través del sermón de la montaña y de las bienaventuranzas, se propone una visión del mundo basada en la justicia, la solidaridad y la esperanza, que interpela tanto a la fe personal como al compromiso social de los creyentes.
Del mismo modo, los milagros narrados en los evangelios no buscan el asombro superficial, sino que expresan la acción salvadora de Dios en la historia. Estos signos revelan un Reino que libera, rest
Sermón
Es un discurso o enseñanza, generalmente de carácter religioso, que busca orientar la vida de las personas a partir de un mensaje moral o espiritual.
Bienhechora
Se refiere a una acción o actitud que hace el bien a otros, ayudando, sanando o mejorando la vida de las personas de manera solidaria.
Nota. Imagen representativa del anuncio del Reino de Dios y de la opción preferencial por los pobres según el mensaje evangélico.
De entre todos los bloques literarios del Nuevo Testamento es el de la montaña-así se suele llamar al discurso de las bienaventuranzas- el que sigue suscitando hoy las reacciones más encontradas. Unos lo ven como algo tan sublime que resulta irreal, y es imposible contar con él a la hora de tomar decisiones auténticamente realistas. Otros, tratando de reivindicar la tierra y la vida, se enfrentan de manera hostil a estas proclamas como si fuesen la más clara negación de los valores por ellos defendidos. De cualquier modo, el tema es interesante en sí, ya que se habla de la felicidad y todo hombre está interesado en ella.
Lo que las bienaventuranzas piden es, ante todo, una toma de postura, cualquiera que ésta sea. No es aceptable el convertirlas en un bello poema o en un objeto de museo que se admira y no se usa. en las bienaventuranzas se nos muestra el Dios de Jesús como especialmente diferente del dios de la filosofía o de las religiones. El Dios de la biblia interviene en la historia y toma partido en favor de los pobres. El dios de la filosofía y de las religiones, por una pretendida neutralidad que supone un efectivo y real apoyo a los poderosos, no manifiesta preferencia alguna. Es este un punto diferenciador y, como tal, de examen para que el discípulo de Jesús distinga con claridad a qué divinidad está adorando.
Los textos
Respecto al sermón de la montaña, es comúnmente admitido que no se trata de la transcripción de un discurso o conferencia de Jesús, sino que más bien son frases y palabras del Señor separados en el lugar y en el tiempo de su pronunciación y unidos después para enseñanza de los nuevos cristianos que no habían conocido físicamente a Jesús. Queda por ello en símbolo o en mero nexo literario de unión el detalle de que se pronunciasen en un monte, como dice Mateo, o en una llanura, como dice Lucas.
Dos son las versiones que han llegado hasta nosotros: la de Mateo y la de Lucas. Las dos han tenido como fuente la misma tradición, pero contienen diferencias no sólo de forma, sino también de fondo. Las comunidades a las que cada evangelista se dirigía estaban en distinta situación y sus respectivos escritos tratan de explicarlas y aplicarlas de la manera más conveniente en cada caso.
Las bienaventuranzas según San Lucas
La versión que nos da Lucas es quizá la más antigua y parece coincidir más con el estilo verbal de Jesús. La proclamación habría tenido lugar en una llanura y el texto nos da cuatro bienaventuranzas seguidas de cuatro maldiciones (Lc6, 20-26). En otro lugar de su obra se incluven seis maldiciones más repartidas por igual entre fariseos y escribas (Lc11, 42-52).
En cuanto al contenido, se puede decir que la bienaventuranza de que Lucas habla es ya presente y es aplicable a los pobres y perseguidos, entendiendo por tales a los que lo son físicamente: no tienen bienes materiales, tienen ham-bre de pan y son perseguidos por las autoridades de forma policial. Se habla de los que social y económicamente son pobres o indigentes en sentido material. No aparece desde luego ninguna alabanza a la pobreza, que se ve como un mal que deshumaniza al hombre. Se afirma que son felices ahora, que tienen suerte ahora y no se expresa un deseo de que la tengan o se asegura que la tendrán en el cielo o el día del juicio. No se dice tampoco que los pobres estén más capacitados para ser felices o que sean más agradecidos o éticamente mejores. Los pobres, como todos, tienen valores y contravalores. El motivo que se da es un hecho objetivo: su pobreza. Es verdad que el rico fácilmente se hace materialista, olvida a sus hermanos y queda absorbido por el ídolo del tener, acumulando sin necesidad y poniendo su confianza en el dinero, pero también el pobre tiene que convertirse y seguir el camino de Jesús.
Lucas no dice lo que tiene que hacer el pobre, sino que asegura que Dios desea un mundo con unas relaciones de justicia y, por ello, los que han acogido el reino, lo que creen en él, han de ponerse de parte del pobre y hacer causa común con sus justos deseos de salir de la pobreza. Los pobres están de enhorabuena, no porque la pobreza sea un bien que haya de ser conservado, sino porque los que sigan a Jesús se pondrán de su parte y les ayudarán a vencer y salir de su situación.
Se cuestiona a la comunidad de discípulos, a la iglesia, para que tenga como principal punto de compromiso la solidaridad con los pobres y perseguidos. La bienaventuranza puede quedar frustrada, no por equivocación de Jesús, sino porque sus seguidores pretendan ser cristianos sin sumarse a la causa de los pobres. Aquí tendrán un test de autenticidad.
Las bienaventuranzas según San Mateo
Figura 2
El sermón de la montaña como anuncio de una nueva justicia
Nota. Ilustración simbólica del discurso de Jesús que invita a una transformación interior y social basada en el amor y la justicia.
San Mateo, que nos coloca el discurso como pronunciado en un monte (¿el nuevo Sinaí?), presenta nueve bienaventuranzas (Mt 5, 3-12). En otro lugar hace constar siete maldiciones contra los escribas y fariseos (Mt 23, 13-21).Peculiar es en Mateo la coletilla que añade a la primera bienaventuranza: «pobres de espíritu». Quizá ella nos sirva para comprender mejor que Mateo no se refiere a las mismas personas que Lucas. No todos los pobres son «pobres de espíritu». Estas bienaventuranzas no se refieren a unas simples situaciones objetivas externas, como en el caso de Lucas, sino que requieren una actitud interior. Desde luego que para Mateo no son pobres, y por tanto no lo pueden ser «de espíritu», ni los austeros, ni los desasidos, ni siquiera los que solidaría y fraternalmente luchan por la causa del pobre. Todo esto es positivo, pero no es el objeto de la bienaventuranza. Para ser pobre de espíritu se requiere ser económicamente pobre. Se requiere además una actitud de abandono en manos de Dios. Hay que evitar que a los pobres se les quite lo único que tienen en propiedad exclusiva: el nombre.
Para Mateo, son señal y signo de la nueva vida de los creyentes. Pide ser pobre incluso de espíritu, no imponerse a los demás (ni económica, ni psicológica ni ideológicamente), no aprovecharse de los otros. No se habla ya aquí de los hambrientos de pan, sino de los que tienen hambre y sed de justicia, de los que desean desde lo más profundo de su interior que los hombres lleguen a su plenitud, y por tanto que este mundo, sus relaciones y estructuras caminen en esa dirección. Se entiende por justos a los que han amado hasta el fin a sus hermanos pequeños en la tierra. Todos éstos y los perseguidos por causa de Jesús y su justicia tienen ya el talante de la nueva sociedad.
Hay además en Mateo tres bienaventuranzas nuevas que hablan de los misericordiosos, los limpios de corazón y los constructores de la paz. El misericordioso representa al que es solidario «a fondo perdido» y perdona siempre como y porque Dios perdona. El limpio de corazón es aquel que, esforzándose por superar la religiosidad de las formas externas (Mt 23), consigue una nitidez y transparencia que se expresan como aceptación del misterio de Dios y servicio absoluto hacia los otros, mantiene los ojos abiertos al sentido de la vida y puede ser capaz de descubrir a Dios desde la tierra. El que pone los fundamentos de la paz no es el pacífico, sino quien edifica un mundo nuevo donde los hombres se acepten, donde se ayude a los pequeños, donde se ofrezca a todos la posibilidad de realizarse. Esto lleva consigo un cambio de estructuras y de formas de relación y valoración.
Todas las actitudes enumeradas como facetas distintas del talante de los que pertenecen al reino no se entienden como meros sentimientos internos, sino que requieren un compromiso práctico y eficaz con el necesitado dándole el propio ser y el propio tener, es decir, volcándose en su ayuda. Así, como el samaritano de la parábola (Lc10, 25-37), se puede llamar a los demás hombres «hermanos».
El espíritu del sermón de la montaña
Figura 3
La comunidad cristiana como rostro del mensaje de Jesús
Nota. Representación del compromiso solidario y comunitario que surge del seguimiento auténtico del Evangelio.
En las bienaventuranzas encontramos en primer lugar una llamada a un nuevo tipo de relación interhumana mediante la superación de la agresividad. Hay en ellas también un anuncio revolucionario contra el infortunio vigente, que se juzga injusto, y una proclamación esperanzada de que la dicha vendrá con la justicia del reino. Incluyen lo que hoy se llama una «utopía». Las bienaventuranzas son también la irrupción ya presente del amor de Dios que hace justicia al pobre, no mediante la venganza, sino por medio de la acción . Es una actuación en la misma historia que habrán de realizar los hombres y que, más allá de la historia, llevará a la consumación la intervención directa de Dios. Son exhortaciones a la solidaridad y superación de la agresividad y no se pueden entender más que desde el amor y la utopía. No se trata de ascetismo, autodominio, imperturbabilidad o paz, como podría corresponder al budismo.
Las bienaventuranzas son sobre todo el rostro de la auténtica iglesia que ha de expresar en la historia el espíritu de Jesús.
Los milagros ocupan un lugar importante en los evangelios y forman parte esencial del anuncio del Reino de Dios realizado por Jesús. No aparecen como hechos espectaculares destinados a causar admiración, sino como signos que revelan la presencia salvadora de Dios y la liberación integral del ser humano.
1. El lenguaje de los milagros
Figura 4
Jesús realiza signos de sanación y liberación
Nota. Imagen que expresa el sentido de los milagros como signos de restauración de la vida y de la dignidad humana.
Los evangelios utilizan diversos términos para referirse a los milagros: signos, obras poderosas, prodigios. Con ello se subraya que no son simples hechos extraordinarios, sino acciones cargadas de significado. El milagro apunta siempre a algo más profundo que el hecho en sí.
2. La enfermedad y el mal en tiempos de Jesús
En la mentalidad del mundo antiguo, la enfermedad no era entendida solo como un problema físico, sino también como una situación de marginación social y religiosa. El enfermo quedaba excluido de la comunidad. Por eso, curar significaba devolver la dignidad y la integración a la persona.
3. Tipos de milagros en los evangelios
Los evangelios presentan diversos tipos de milagros:
– Curaciones
– Exorcismos
– Milagros sobre la naturaleza
– Resurrecciones
Todos ellos tienen en común la restauración de la vida y la superación del mal.
4. Los milagros como signos del reino
Figura 5
Los milagros como manifestación del Reino de Dios
Nota. Representación visual del carácter simbólico de los milagros como anuncio de la presencia activa de Dios en la historia.
Los milagros no son pruebas de laboratorio de la divinidad de Jesús. Son signos del Reino de Dios que ya está actuando en la historia. Manifiestan la compasión de Jesús, su cercanía a los pobres y su opción por los excluidos.
5. MILAGRO Y FE
La fe no nace del milagro, sino que el milagro presupone la fe o la suscita. En muchos relatos, Jesús insiste en la confianza personal como condición para la curación: “Tu fe te ha salvado”.
6. El rechazo de los milagros
No todos aceptan los milagros como signos de Dios. Algunos los interpretan como amenaza o los atribuyen al poder del mal. Esto muestra que el milagro no obliga a creer; exige una actitud interior abierta.
Figura 6
La fe como respuesta al signo del milagro
Nota. Imagen que ilustra la relación entre fe, confianza y compromiso en los relatos evangélicos de los milagros.
7. Los milagros y el seguimiento
Quien reconoce en los milagros la acción de Dios está llamado a la conversión y al seguimiento de Jesús. El milagro no termina en la curación, sino en el compromiso con el Reino.