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Jesucristo y aprendizajes vitales v2
Aula Base 2026-01
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El evangelio de Jesucristo: la misericordia. La conversión y seguimiento
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Han llegado hasta nosotros cuatro versiones del evangelio de Jesús, es decir, de Jesús, como “buena noticia” para todos nosotros.
Figura 32
Los cuatro evangelistas y la transmisión del Evangelio

Nota. Representación simbólica de la tradición evangélica en sus cuatro versiones canónicas. Hemos de tener en cuenta que no es posible separar sus palabras de sus actos. Lo que él dice viene interpretado por sus hechos y a su vez sus hechos hacen patente su sentido por sus palabras. Una síntesis de la doctrina y del pensamiento de Jesús no puede limitarse a sus discursos.
Su vida toda, hechos y palabras, habremos de verla en el momento concreto en que ocurrió. El ambiente y el contexto de su predicación y la historia que había precedido a aquel tiempo nos ayudarán a comprender la originalidad de Jesús.
1. Tiempo de espera y de esperanza
Flavio Josefo nos transmite en sus escritos el clima social que él había vivido intensamente en los años siguientes a la predicación de Jesús de Nazaret. En sus narraciones se pueden ver presuntos profetas o mesías y fenómenos extraños que se interpretan como predicciones de futuro que mantienen en continua ebullición al país trayendo como consecuencia rebeliones armadas y finalmente las guerras judaicas.
Los evangelios atestiguan este clima en múltiples ocasiones. Nos dicen, por ejemplo, que «como el pueblo estaba a la espera, andaban todos pensando si Juan no sería el Cristo» (Lc 3, 15). Juan el bautista pregunta: «¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?» (Mt 11, 4). Y hasta los discípulos de Jesús confiesan que «nosotros teníamos la esperanza de que éste fuera el que iba a libertar a Israel» (Lc24, 21).
Anécdotas aparte, es evidente que, cuando Jesús predica, la expectación es intensa y generalizada.
2. El Mesías esperado
Todos esperaban que esta situación de dominio extranjero, de injusticia social y de formalismo religioso acabaría en la llegada de un personaje al que se le daba el nombre de mesías.
Figura 33
El Mesías esperado en el judaísmo del siglo I

Nota. Imagen representativa de las expectativas mesiánicas en tiempos de Jesús. Mesías es una palabra hebrea que equivale a la griega Cristo. Ambas significan ”ungido”, es decir, aquel sobre cuya cabeza se ha derramado aceite con un significado concreto.
En un principio, esta palabra equivalía a rey, puesto que al elegir a alguien para este cargo se le ungía. Finalmente, este título se reservará para indicar el rey ideal que «ha de venir», a quien se le dará el título de hijo de David o de hijo de Dios.
En tiempos de Jesús, todos esperaban un mesías- rey, aunque con distintos acentos según los intereses de cada grupo. Las masas populares ansiaban un liberador político-social; los fariseos, a alguien que restaurara el cumplimiento de la ley; los zelotes, a un caudillo revolucionario, y los esenios habían dividido los papeles: esperaban a dos mesías, el de Israel, que se ocuparía de la liberación política y el de Aarón, que llevaría a cabo la purificación religiosa.
Nadie esperaba un mesías humilde, y mucho menos una presencia real de Dios en la historia concreta de los hombres.
3. Jesús, un Mesías distinto al esperado
Frente al triunfante y espectacular mesías, que con la fuerza exterior de su poder libertaría a Israel, se presenta Jesús, y lo hace renunciando a todo uso de la fuerza, entendida ésta no sólo como violencia física o militar, sino también como ostentación apabullante de la omnipotencia de Dios que con sus milagros obligue a todos a creer.
Por el contrario, Jesús invita al ser humano a la conversión interior y, a partir de ahí, produce frutos externos y palpables, del mismo modo que los árboles buenos producen frutos buenos. Presenta un reino frágil y débil en principio, pero que, como la mostaza, que de simiente pequeña se convierte en gran arbusto, cosechará abundantemente y su éxito será grande e imparable.
La meta a la que Jesús lleva a los seres humanos es grandiosa. Él asume los anhelos más profundos de la humanidad. El hombre insatisfecho de todos los tiempos y culturas podrá llegar a su realización total.
4. El mensaje de Jesús
El Jesús histórico no predicó sobre sí mismo ni se anunció como hijo de Dios, mesías o Dios. Los títulos que los evangelios le atribuyen son, en su gran mayoría, expresiones de la fe de la comunidad primitiva. Tampoco el tema central de su predicación fue la iglesia, ni siquiera Dios, sino que en concreto sus palabras fueron dirigidas a proclamar «el reino de Dios».
Figura 34
El anuncio del Reino de Dios

Nota. Representación artística del anuncio del reinado de Dios proclamado por Jesús. Pero ¿qué contenido da Jesús a las palabras «reino de Dios»? ¿Qué quería decir cuando hablaba de esto? Contestar a ello es resumir el núcleo del mensaje de Jesús.
De acuerdo con la mentalidad semita, ni él, ni siquiera los escritores del Nuevo Testamento nos dan una definición precisa del «reino de Dios», pero sí nos ofrecen abundantes características de esta nueva realidad. El reino no es un territorio, ni una institución concreta (ni siquiera la iglesia), ni un partido político, ni liberación alguna intrahistórica concreta; no es una teocracia. Jesús se niega a que lo proclamen rey como los de este mundo. Tendríamos que hablar mejor de reinado, de soberanía, de gobernación de Dios.
El reino de Dios no es un dominio implantado a la fuerza por Dios, sino que exige la aceptación y la participación de los hombres. El protagonismo de Dios no invalida las luchas históricas que los hombres llevan a cabo por mejorar el mundo. No sólo no las invalida, sino que las potencia. No se trata de resignación y paciencia.
No es, por tanto, un reino como los conocidos en la tierra, pero tampoco es una realidad del otro mundo, situada más allá de la muerte, como el cielo. Comienza ya aquí, aunque su final y plenitud se den más allá de la historia. No es por tanto exclusivamente futuro. El reino ya está iniciado, pero no ha llegado a su plenitud todavía. La salvación termina más allá, pero se inicia en el aquí y ahora. Jesús no quiso impartir enseñanza sobre el fin, sino hacer una llamada para el presente, a la vista del fin.
No es sólo espiritual, de tal modo que se ciña en exclusiva al interior de la persona, sino que afecta a toda la realidad; todo tiene que ser cambiado: el interior del hombre, sus acciones, su sociedad, sus relaciones, pero también el cosmos entero. Cuando Dios gobierna el corazón de los hombres, su reinado se manifiesta a través de las obras de éstos. Jesús insiste en la necesidad de que los frutos externos manifiesten la soberanía de Dios en el corazón del hombre. El reino es un nuevo orden de cosas, un mundo nuevo en contraposición a éste en que vivimos, en el que el hombre acepte libremente que se cumpla la voluntad de Dios. La totalidad de lo real debe ser transformada. La voluntad del Dios de Jesús no se cumple en ritos u obligaciones raras, incomprensibles y aburridas, sino en la superación de todas las alienaciones humanas, de todo mal físico o espiritual, del pecado, del odio, de la desunión, del dolor de la muerte. Comporta la eliminación del pecado en sus dos vertientes: la limitación del hombre su comportamiento cerrado e insolidario. En frase tal vez inexacta: Dios se hace hombre para que los hombres encuentren el camino de llegar a participar de la vida de Dios, es decir, a ser plenamente felices.
Esta utopía comienza a convertirse en realidad en la persona misma de Jesucristo que acepta hasta la muerte la voluntad del Padre y vive una vida de significativa solidaridad con los hermanos, finalizando la limitación humana en su resurrección. Él es el primer nacido de entre los muertos. El reino está iniciado, pero no terminado. La levadura nueva de Jesús debe hacer fermentar el mundo viejo que necesita cambiar de estructuras, como el vino nuevo es necesario ponerlo en odres nuevos. No comporta sólo la eliminación del pecado, sino de todo lo que el pecado significa y lleva consigo.
Figura 35
El Reino como semilla y levadura

Nota. Imagen simbólica de las parábolas del Reino: mostaza, levadura y vino nuevo. La plenitud de este reino no llega por evolución social (espiritual o técnica), ni por revolución social (de derechas o izquierdas). Su cumplimiento final viene por la acción de Dios. Él es el sembrador cuya simiente produce el ciento por uno cuando las buenas cosechas rinden el diez y las normales el siete. Pero esto no excluye la acción del hombre en el ámbito individual y social mientras camina en la historia.
La causa de Jesús es la causa de Dios en el mundo. El interés de Jesús se centra en el hombre al centrarse totalmente en Dios. La causa de Dios es la causa del hombre, la voluntad de Dios es el bien del hombre. No se puede estar a favor del Dios de Jesús y contra el hombre; y de esto hay que sacar consecuencias prácticas aquí y ahora.
5. El Dios de Jesús
El Dios de Jesús es cercano y solidario con el hombre como un buen padre. Es éste un rasgo esencial que lo diferencia del dios de las religiones. El da el primer paso poniéndose al servicio del hombre.
La palabra aramea «abba», que en ocasiones cita sin traducir el Nuevo Testamento, la usaba Jesús para referirse a Dios. El término significa «papá». Lo mismo que el Antiguo Testamento, el judaísmo palestinense de los tiempos anteriores a Jesús se resistía mucho a dirigirse a Dios como padre. Las veces que lo hace es para recalcar la obligación de obedecerle. Jesús, sin embargo, se dirigía a Dios como a «mi padre». Ni un solo ejemplo de esto encontramos en el judaísmo. La palabra era usada por los niños para llamar a su padre. Queda clara la especialísima relación de Dios con Jesús. Él nos enseñará a llamarlo también nosotros así. Hacerlo de verdad será estar dentro del reino.
6.- La conversión y el seguimiento
La cosa empezó en Galilea. Las palabras de Jesús sonaron así: «Se ha cumplido el plazo, ya llega el reinado de Dios, convertíos y creed la buena noticia» (Mc 1, 15). La gente se quedaba asombrada porque enseñaba como quien tiene autoridad propia y no como los expertos en religión de aquel tiempo.
Figura 36
La llamada a la conversión

Nota. Escena representativa del llamado inicial de Jesús en Galilea. A partir de entonces, hubo personas que no sólo lo vieron y escucharon físicamente, sino que también lo «encontraron» a un nivel más profundo. La verdad es que fue él quien les salió al encuentro. Fue él quien les llamó para que lo siguiesen. Pero sus palabras no se dirigían exclusivamente a sus discípulos, sino a todos, porque no se trataba de seguirle por los caminos polvorientos de Palestina, sino de aceptarlo a él como «camino verdadero y viviente» (Jn 14, 6).
Cuando Jesús pide a sus oyentes que se conviertan y lo sigan, la única reacción lógica por parte de éstos es decidirse por él o, en el peor de los casos, abandonarlo. Desde luego que no basta conocer su doctrina o haber oído su llamada. El pide discípulos, no espectadores u oyentes.
Pero ¿qué quiere decir la expresión «convertíos»? ¿Qué supone en realidad el seguimiento?
7. La conversión
Convertirse significa, en el lenguaje bíblico, cambiar de mentalidad (meta-noia). Supone que el hombre adopta en su interior una nueva escala de valores, que piensa y siente de manera distinta a lo que antes ocurría. Esta nueva sensibilidad es tan distinta de la anterior como puede serlo un corazón de piedra de un corazón de carne (Ez 36, 26-27). Por su propia naturaleza, todo lo dicho lleva consigo, no de forma mecánica, pero sí de forma lógica, un cambio exterior. Al pensar y sentir de otra manera, lo normal es que se actúe externamente también de manera distinta. Zaqueo, que ha comprendido que lo importante no es el dinero, decide devolver cuatro veces lo defraudado (Lc19, 8).
Según esto, convertirse a Jesús significara aceptar la escala de valores que él muestre y vivir de acuerdo con esta nueva forma de entender la vida. La conversión afecta por tanto al hombre entero comenzando por su interior. No es una nueva ley que se impone desde fuera, ni se trata de un cambio ético externo. Lo primero es encontrar el motor de este cambio, el porqué, en el interior del hombre. No es hacer o dejar de hacer determinadas cosas. Convertirse a Jesús implica primero encontrarse con él, aceptarle y voluntariamente, estar de acuerdo con sus sentimientos y su concepción de la vida, y de estas raíces saldrán en último término los frutos de una actuación externa coherente con lo que en el interior se siente y se vive. Se le llama cambio radical porque son las raíces, los cimientos, los «porqué» lo que ha de cambiar esencialmente. Partiendo de ello, se han de producir los frutos o construir el edificio. Convertirse es el primer paso de la vida cristiana. En nada se diferencian en este aspecto fe en Jesús y conversión.
La adhesión que Jesús pide es incondicional y total. La entrega ha de ser de todo el hombre y en todos los aspectos de la vida. No basta con un asentimiento intelectual o una parcela de la existencia. Creer en él es instalarse en la desinstalación. «Las raposas tienen madrigueras y las aves del cielo nidos; pero el hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza» (Lc9, 57). Esto ha de hacerse sin nostalgias o resignación, porque «quien pone la mano en el arado y vuelve la vista atrás no es apto para el reino de Dios» (Lc9, 62). El resultado, contra todo lo que se pudiera pensar, es una gran alegría.
8. El seguimiento
Tras este primer paso de encuentro, conversión y fe en Jesús, la dinámica de la vida y la misma palabra del Señor piden algo más: el seguimiento. Esta conversión continua, este ajustar siempre el rumbo al pensamiento y a la acción del maestro es lo que define al discípulo. Hacer las mismas opciones que él, repetir sus gestos significativos, asumir sus pensamientos, inspirarse en sus criterios y tomas de postura, tener sus preferencias, en suma, poseer su mismo espíritu.
Pero ser discípulo de este maestro está en consonancia con el carácter peculiar que tiene. No tendrá el discípulo mejor suerte que su maestro (Mt 10, 24-25).
La cualidad de discípulo implica una llamada de Jesús, pero también una libre respuesta por parte del llamado. A todos -Jesús no llama a una élite- se les propone la misma meta: seguir sus pasos manteniéndose fieles a la palabra del maestro (Jn 8, 31-32). Se trata de un seguir obediente y un obedecer creyente.
Llamando a la gente, a la vez que a sus discípulos, les dijo: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame» (Mc8, 34). El seguimiento es para el cristiano una cuestión de ser o no ser. Sin resolverla positivamente, no podrá con rigor evangélico llamarse cristiano.
9. Los discípulos
Puesto que el seguimiento es lo que convierte al oyente en discípulo, será de interés que nos detengamos en conocer los perfiles y el papel que definen la figura del discípulo en tiempos de Jesús.
Figura 37
La comunidad de los discípulos

Nota. Representación de la vida comunitaria en torno al Maestro. La protesta de Pedro ante el anuncio de su captura y muerte próximas es contestada tajantemente por Jesús con estas palabras: «Vete detrás de mí, Satanás». Este ir detrás de alguien no significa otra cosa en sentido figurado que ser discípulo de alguien. Pedro en este caso le ha querido dar lecciones al maestro, se ha puesto delante de él y por eso tiene que oír que su lugar está detrás, entre los discípulos.
La enseñanza que daban los rabinos, nombre con el cual se designaba a los maestros de aquel tiempo, no era metódica o formal, sino de tipo ocasional. Lo que importaba era una comunidad de vida. Acompañar en toda ocasión al maestro, imitando su comportamiento y su proceder en las situaciones más variadas, era el modo de adiestrar y transmitir la propia sabiduría a los discípulos. Jesús no fue en esto una excepción: los eligió para tenerlos en su compañía, junto a él (Mc3, 14). La enseñanza no consistía pues en el aprendizaje de ninguna teoría de tipo intelectual. Enseñanza propiamente dicha se daba tan sólo en determinadas ocasiones, por ejemplo, con motivo de un acontecimiento o en contestación a las preguntas de los discípulos. Este método de vida en comunidad creaba una unión entrañable que Jesús resalta: «Ya no os llamaré siervos, sino amigos» (Jn 15, 15).
En el caso de Jesús, no son los discípulos quienes eligen al maestro, sino es Jesús quien llama a cada uno. Es él quien los elige (Jn 15, 16). Es él quien les sirve, incluso en las formas tenidas por más humillantes, como en el caso del lavatorio de los pies, va que el hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir. Por eso, aquel de los suyos que quiera ser el primero tendrá que ser el servidor de todos (Mt 20, 25-28). Pero no acaba aquí lo peculiar de este maestro: sus discípulos no deberán ser nunca maestros, porque únicamente Cristo es maestro, padre y preceptor (Mt 23, 8-12).
Seguir a Jesús significa entonces creer en su palabra y cumplir en entrega confiada sus orientaciones. La causa de Jesús no es separable de Jesús mismo, porque él no liga a sus seguidores a algo externo, una ley o unas ideas, sino a su persona. Su programa es él mismo.
10. El seguimiento hoy
Figura 38
La comunidad de los discípulos

Nota. Imagen simbólica del discipulado cristiano en el mundo contemporáneo. Lo decisivo es que nosotros abandonemos nuestra escala de valores y hagamos nuestro su modo de pensar y adaptemos nuestra vida a este patrón valorativo. Sin esto, toda imitación externa de Jesús se queda en remedo y pose solamente. Y, más aún, de no ser así, estaría en oposición con la libertad cristiana que pide desarrollar la propia personalidad según el nuevo orden de valores de este hombre perfecto que es Cristo. La imitación externa tiene valor solo como confesión de fe, como expresión del deseo de estar de acuerdo con él lo más posible. Para la acción del cristiano, la continua referencia a su maestro es imprescindible, a fin de poder recrearlo y transmitirlo en el mundo de hoy y tomar las posturas que él tomaría ante los problemas del hombre de hoy. Este leer entre líneas los evangelios, este encontrar criterios cristianos es la tarea del creyente en Jesús de Nazaret.
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Clase 7 – El evangelio de Jesucristo, conversión y seguimientoDescargar
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“Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame.”
— Marcos 8, 34
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