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Jesucristo y aprendizajes vitales v2
Aula Base 2026-01
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Sentido y misión de la vida del ser humano
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Figura 1
La búsqueda del sentido en la historia humana

Nota. Representación simbólica de la pregunta existencial del ser humano La pregunta por la existencia y el sentido de su vida ha acompañado a la humanidad desde sus orígenes. En todas las culturas y épocas, este ha buscado comprender por qué existen, para qué viven y cuál es el horizonte último de su existencia. Cuando pierde el sentido de su vida se debilita su esperanza, se fragmenta su identidad y se afecta su compromiso con los demás y con el mundo.
En un mundo caracterizado por el pluralismo cultural, la aceleración tecnológica y la crisis de los grandes relatos, la pregunta por el sentido es urgente. En una sociedad dominada por el consumo, la eficiencia y el éxito inmediato, el ser humano pierde la orientación, el norte de su vida. Ahora bien, tanto las religiones como las diversas corrientes filosóficas ofrecen claves para redescubrir el sentido y la misión de la existencia humana.
En esta búsqueda de sentido toma especial importancia también el autoconocimiento, la reflexión que cada uno debe hacer de sí mismo. Recordemos que, desde los antiguos griegos, este era el principio de la sabiduría (“conócete a ti mismo”).
A continuación, se proponen pautas para profundizar en el sentido y la misión de la vida del ser humano desde una perspectiva integral, que articula la experiencia religiosa, la dimensión simbólica de la existencia, la revelación cristiana y el compromiso histórico.
1. El ser humano como buscador de sentido
Figura 2
El ser humano como buscador de sentido

Nota. Ilustración de la apertura humana a la trascendencia. El ser humano es, por naturaleza, un buscador de sentido. A diferencia de otros seres vivos, no se limita a sobrevivir, sino que se interroga por el significado de su existencia, del sufrimiento, del amor y de la muerte. Esta capacidad de preguntar revela una apertura radical a la trascendencia. Juan Martín Velasco señala que el ser humano es un "ser de la pregunta", un sujeto que no se satisface con respuestas funcionales, sino que busca un sentido último que unifique su vida (Velasco, 2006, p. 557).
Desde la fenomenología de la religión, Velasco afirma que la experiencia religiosa nace de esta apertura al Misterio. El ser humano se descubre como un ser finito, vulnerable y contingente, pero al mismo tiempo abierto a lo infinito. Esta tensión entre finitud y trascendencia constituye el núcleo de la experiencia humana y explica la permanencia del fenómeno religioso a lo largo de la historia. Será esta experiencia del Misterio, del amor de Dios, desde una perspectiva cristiana, la que oriente un sentido de la vida.
Mircea Eliade, por su parte, subraya que el ser humano tradicional se comprendía a sí mismo como homo religiosus, como un ser que vive en relación con lo sagrado. Según Eliade, lo sagrado no es una dimensión añadida artificialmente a la vida, sino una parte fundamental de la conciencia humana. En Lo sagrado y lo profano, afirma: "Lo sagrado es un elemento de la estructura de la conciencia y no un estadio en la historia de la conciencia". Esto significa que la búsqueda de sentido está profundamente ligada a la experiencia de lo sagrado, que da valor y coherencia a la existencia.
Cuando la vida se desconecta de esta dimensión de sentido, el ser humano corre el riesgo de caer en el vacío existencial. La cultura contemporánea, al absolutizar lo inmediato y lo utilitario, margina las preguntas últimas. Sin embargo, estas reaparecen con fuerza en situaciones límite como el dolor, la injusticia, la enfermedad o la muerte. Allí se revela que el sentido de la vida no se reduce al bienestar material: exige una profundidad mayor. La reflexión sobre estos acontecimientos invita al ser humano de hoy al reconocimiento, en primera instancia, de su yo personal como primer paso para relacionarse con los demás, con la creación y con lo sagrado.
2. El sentido de la vida desde la experiencia de lo sagrado
Para Mircea Eliade, la experiencia de lo sagrado es necesaria para comprender el sentido de la vida. Lo sagrado irrumpe en la historia a través de las hierofanías o manifestaciones de lo sagrado en la realidad profana. Estas manifestaciones dan sentido a la vida humana, transformando el caos en cosmos, el desorden en un espacio habitable.
En las culturas tradicionales, el sentido de la vida se articulaba en torno a mitos, ritos y símbolos que conectaban la existencia cotidiana con un orden trascendente. Vivir con sentido implicaba vivir de acuerdo con ese orden sagrado. Aunque la modernidad ha debilitado estas formas simbólicas, la necesidad de sentido permanece intacta.
Figura 3
Manifestación de lo sagrado en la experiencia humana

Nota. Ejemplo de hierofanía en la vida cotidiana Velasco profundiza esta intuición desde la experiencia religiosa personal. Para él, el sentido de la vida no se impone desde fuera, sino que se descubre en la experiencia interior de encuentro con el Misterio, la misma que no anula la libertad humana, sino que la plenifica. Para él, (Velasco, 2006, p. 510): "La experiencia religiosa no es evasión de la realidad, sino una forma radical de afrontarla".
Desde esta perspectiva, el sentido de la vida se configura como una relación viva con lo Absoluto, que ilumina todas las dimensiones de la existencia. No es un huir del mundo, sino de habitarlo de un modo nuevo, reconociendo en él una llamada, una misión.
3. La revelación cristiana: vida como don y vocación
Figura 4
La vida como don y vocación

Nota. Representación de la dimensión vocacional del ser humano La fe cristiana ofrece una visión profundamente humanizadora del sentido de la vida. En el centro de esta visión se encuentra la afirmación de que la vida es un don de Dios y que cada ser humano es creado por y para el amor. El relato bíblico de la creación presenta al ser humano como imagen y semejanza de Dios (Gn 1,27), llamado a vivir en relación con Él, con los demás y con la creación.
Pagola (2015, p. 80) insiste en que la vida humana solo se comprende plenamente cuando se reconoce como llamada. Afirma que Jesús no propone una doctrina abstracta, sino un modo de vivir centrado en el Reino de Dios, entendido como una vida más humana, justa y más fraterna. Para él, el mensaje de Jesús revela que el sentido último de la vida consiste en aprender a vivir como hijos de Dios y como hermanos entre nosotros. Esta experiencia transforma la manera de entender la misión personal: ya no se vive para uno mismo, sino para los demás, especialmente para los más vulnerables.
El papa Francisco retoma esta intuición evangélica y la actualiza. En Evangelii Gaudium, afirma: "Yo soy una misión en esta tierra, y para eso estoy en este mundo" (EG 273). Así, sintetiza la convicción cristiana de que cada persona tiene una misión que da sentido a su vida.
4. La misión del ser humano en el mundo
Esta misión es compartida y se la realiza en la historia y en la comunidad. Desde la fe cristiana, esta misión se concreta en la construcción del Reino de Dios, que no es un lugar, sino una forma de vivir y de relacionarse.
El papa Francisco en Fratelli Tutti, afirma que el sentido de la vida se encuentra en el amor que se hace servicio: "La vida subsiste donde hay vínculo, comunión, fraternidad" (FT 53). Así, la misión del ser humano se expresa en la capacidad de relacionarse, de sanar heridas y de promover una cultura del encuentro. No obstante, nadie da lo que no tiene; el encuentro con quienes han sido excluidos parte de reconocer las propias heridas, su vulnerabilidad, para de allí aproximarse al encuentro del otro. Solo quien ha conocido la luz puede acompañar el camino para salir de las sombras.
Pagola insiste en que esta misión no puede vivirse desde el miedo o la obligación, sino desde la alegría y la confianza. Seguir a Jesús, afirma, es aprender a vivir de forma más libre, compasiva y responsable. El sentido de la vida se verifica en una existencia entregada, capaz de generar vida en los demás.
5. Sentido, sufrimiento y esperanza
Una de las preguntas más difíciles en la búsqueda del sentido de la vida es la del sufrimiento. El dolor, la injusticia y la muerte parecen contradecir la idea de una vida con sentido. Sin embargo, tanto la experiencia religiosa como la fe cristiana ofrecen claves para afrontar esta dimensión de la existencia.
Velasco afirma que el sufrimiento puede convertirse en un lugar privilegiado de experiencia del Misterio, no porque sea deseable, sino porque confronta al ser humano con sus límites y lo abre a una confianza más radical. La fe no elimina el sufrimiento, lo transforma otorgándole un horizonte de sentido. Sufrir “en carne propia” la injusticia, la soledad, la crisis de la existencia personal, es un camino para buscar y hallar el sentido de la vida.
En la vida y el mensaje de Jesús el sufrimiento no es glorificado, pero sí asumido y transformado por el amor. La cruz revela que el sentido último de la vida no termina en la muerte, sino que se abre a la esperanza de la resurrección. La esperanza cristiana no evade el dolor, lo afronta y supera desde la solidaridad y la fe.
Figura 5
Esperanza en medio del sufrimiento

Nota. Imagen que simboliza la transformación del dolor en esperanza El papa Francisco insiste en que la esperanza cristiana se traduce en compromiso. No se trata de una espera pasiva, sino de trabajar por un mundo más justo y humano. La misión del ser humano incluye ser portador de esperanza y de sentido de la vida en medio de las dificultades.
6. El diálogo con la filosofía y la teología modernas
En la época contemporánea, el desafío del secularismo y del nihilismo ha reavivado la pregunta por el sentido. Viktor Frankl, psiquiatra y pensador del siglo XX, afirma que la principal motivación del ser humano es la búsqueda de sentido, que incluso en las situaciones más extremas (como en los campos de concentración que él vivió) la vida puede conservar su significado. Su pensamiento dialoga con la visión cristiana al mostrar que el sentido no depende de las circunstancias, sino de la actitud interior y de la apertura a un valor trascendente.
Karl Rahner, uno de los grandes teólogos del siglo XX, define al ser humano como "oyente de la Palabra", como un ser abierto a la autocomunicación divina. El sentido de la vida se juega en la aceptación libre de esta gracia que se ofrece en lo cotidiano. La misión humana consiste en vivir esta apertura, aun cuando no siempre se formule en términos religiosos.
8. Autores contemporáneos y la búsqueda de sentido hoy
En el ámbito contemporáneo, diversos autores cristianos han reflexionado sobre el sentido de la vida en diálogo con los desafíos actuales. Joseph Ratzinger (Benedicto XVI) subraya que la crisis de sentido de la modernidad está vinculada a la pérdida de la pregunta por Dios. En Introducción al cristianismo, afirma que creer no es aceptar un conjunto de ideas, sino confiar en un sentido que sostiene la realidad. La fe ofrece un fundamento sólido para la esperanza humana.
En continuidad con esta reflexión, el papa Francisco insiste en una comprensión existencial y pastoral del sentido de la vida. Para él, el sentido no se descubre en el repliegue individualista, sino en la salida hacia los demás. La misión del ser humano se realiza en el encuentro y en la construcción de fraternidad. Esta perspectiva responde a los desafíos de la cultura de descarte y del individualismo contemporáneo.
Autores latinoamericanos, como Gustavo Gutiérrez, han aportado una comprensión del sentido de la vida desde la opción por los pobres. La teología de la liberación afirma que no puede haber un sentido auténtico de la vida cristiana sin un compromiso real con la justicia. La misión del ser humano se encarna en la transformación de las estructuras injustas y en la defensa de la dignidad de los excluidos.
Pagola insiste en volver a Jesús de Nazaret como fuente de sentido. Así responde a la necesidad actual de una fe más experiencial y menos doctrinal. La vida adquiere sentido cuando se vive desde la compasión, la confianza en Dios y el servicio al prójimo.
Figura 6
Comunidad y misión compartida

Nota. Representación del compromiso histórico y comunitario 9. Sentido, comunidad y responsabilidad histórica Un elemento común en la reflexión patrística y contemporánea es la dimensión comunitaria del sentido de la vida. El ser humano encuentra su misión en relación con otros. La comunidad es el espacio donde se discierne, se vive y se celebra el sentido de la existencia.
La Iglesia, pueblo de Dios, tiene la misión de ser signo y mediación de sentido en medio del mundo. No se trata de imponer respuestas, sino de acompañar los procesos humanos de búsqueda, dolor y esperanza. En este sentido, el papa Francisco propone una Iglesia en salida, capaz de escuchar las preguntas profundas de la humanidad hoy.
Además, la responsabilidad histórica forma parte esencial de la misión humana. Vivir con sentido implica asumir el propio tiempo, con sus luces y sombras, y comprometerse en la construcción de un futuro más humano. La fe cristiana no aliena del mundo, sino que impulsa a transformarlo desde el amor y la justicia.
La reflexión sobre el sentido y la misión de la vida del ser humano muestra una notable continuidad: el ser humano es un ser llamado, abierto al Misterio, orientado al amor y responsable de la historia.
Desde San Ireneo hasta el papa Francisco, pasando por San Agustín, Karl Rahner y José Antonio Pagola, se afirma que la vida alcanza su plenitud cuando se vive como don y como misión, cuando se abre al encuentro con el amor. El sentido no se impone desde fuera ni se fabrica arbitrariamente; se descubre en el encuentro con Dios, con uno mismo y con los demás.
En un mundo marcado por la incertidumbre, esta visión ofrece una esperanza sólida y una orientación clara. Redescubrir el sentido de la vida y asumir la propia misión es una tarea urgente y permanente, que permite al ser humano vivir con profundidad, responsabilidad y alegría, contribuyendo así a la construcción de una humanidad más fraterna y abierta a la trascendencia.
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A continuación, encontrarás los recursos disponibles para descargar y reforzar el aprendizaje de esta clase.
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“Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti.”
— San Agustín, Confesiones I, 1
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