Durante muchos años, el soporte nutricional en el paciente pediátrico críticamente enfermo se concibió bajo la premisa de que un mayor aporte calórico se traducía en mejores resultados clínicos. Sin embargo, la evidencia actual demuestra que “más nutrición” no siempre es sinónimo de “mejor nutrición”, y que la sobrealimentación puede ser incluso perjudicial en este grupo de pacientes vulnerables.
El niño críticamente enfermo atraviesa distintas fases metabólicas durante su estancia en la unidad de cuidados intensivos:
Fase aguda o de respuesta al estrés: caracterizada por hipermetabolismo, resistencia a la insulina, aumento de catecolaminas y cortisol, y un estado catabólico intenso.
Fase de estabilización y recuperación: progresiva normalización metabólica, con mayor capacidad para utilizar los nutrientes de forma eficiente.
Durante la fase aguda, el organismo prioriza funciones vitales y mecanismos de defensa, mientras que la capacidad de oxidar y almacenar nutrientes se encuentra limitada. En este contexto, un aporte calórico excesivo no se traduce en anabolismo, sino que favorece la lipogénesis, la hiperglucemia y el estrés metabólico. Por ello, la nutrición debe ser prudente, progresiva y ajustada a la fase metabólica, evitando alcanzar precozmente el 100% de los requerimientos energéticos estimados.
En el paciente pediátrico crítico, la proteína tiene un rol prioritario frente a las calorías no proteicas. El estrés metabólico induce un marcado catabolismo proteico, con pérdida acelerada de masa muscular, que se asocia a:
Debilidad adquirida en UCI
Prolongación del tiempo de ventilación mecánica
Retraso en la recuperación funcional
A diferencia de las calorías, el aporte proteico adecuado no se asocia a los mismos riesgos metabólicos, y su provisión temprana y suficiente (ajustada a la edad y condición clínica) contribuye a atenuar la pérdida de masa magra. En contraste, un exceso de calorías, especialmente provenientes de carbohidratos y lípidos, no evita el catabolismo proteicoy puede empeorar la tolerancia metabólica.
La sobrealimentación en el niño críticamente enfermo se asocia a múltiples complicaciones metabólicas y clínicas, entre ellas:
Hiperglucemia y resistencia a la insulina, con mayor riesgo de infecciones y disfunción orgánica.
Aumento de la producción de CO₂, que dificulta el destete de la ventilación mecánica.
Esteatosis hepática y colestasis, especialmente en nutrición parenteral prolongada.
Sobrecarga hídrica, particularmente relevante en pacientes con compromiso cardiaco o renal.
Incremento del estrés oxidativo e inflamatorio, perpetuando el estado crítico.
Experiencia clínica (caso hipotético)
Un lactante de 8 meses, ingresado a UCI pediátrica por sepsis grave secundaria a neumonía, inicia ventilación mecánica y soporte vasoactivo. En las primeras 48 horas se prescribe nutrición enteral intentando cubrir el 100% de los requerimientos energéticos estimados por fórmulas predictivas. A las 72 horas, el paciente presenta hiperglucemia persistente, aumento de requerimientos ventilatorios y elevación de transaminasas.
Tras reevaluación nutricional, se reduce el aporte calórico total, se prioriza un adecuado aporte proteico y se ajusta el volumen hídrico. En los días siguientes, se observa mejor control glucémico, disminución del CO₂ espirado y mejoría progresiva de la función hepática.
Este escenario ilustra cómo el exceso calórico temprano puede ser contraproducente, y cómo una estrategia nutricional individualizada, alineada con la fase metabólica, puede mejorar la evolución clínica.