El paciente crítico pediátrico cursa por una serie de fases de estrés metabólico que reflejan la respuesta fisiológica al trauma, la infección o la falla orgánica, y que condicionan de manera determinante el abordaje nutricional. Tradicionalmente se describen dos fases principales: la fase ebb (o fase aguda temprana) y la fase flow (o fase hipermetabólica/estable), aunque en pediatría se reconoce además una fase posterior de recuperación. Durante la fase ebb, que ocurre en las primeras 24–48 horas, predominan la disminución del gasto energético, la reducción del flujo esplácnico, la hipoperfusión y un estado catabólico inicial moderado. Hormonalmente se observa un aumento de catecolaminas y cortisol, resistencia a la insulina e inhibición de la termogénesis. Esta fase tiene implicaciones clínicas importantes: el niño suele presentar intolerancia gastrointestinal y perfusión inestable, por lo que la nutrición enteral debe iniciarse de manera temprana pero cautelosa, evitando la sobrealimentación y priorizando estabilidad hemodinámica (Joosten, Kerklaan & Verbruggen, 2016).
Posteriormente, el paciente entra en la fase flow, caracterizada por un estado hipermetabólico con incremento de la gluconeogénesis, lipólisis y proteólisis acelerada. En esta etapa, la pérdida de masa muscular puede ser de hasta 2–3 % por día en UCIP, dada la mayor vulnerabilidad del niño por sus menores reservas y la alta demanda relativa de crecimiento (Orellana & Coss-Bu, 2021). Hormonalmente persisten niveles elevados de cortisol, glucagón y citocinas proinflamatorias (IL-6, TNF-α), que amplifican el catabolismo. Desde el punto de vista nutricional, esta fase exige avanzar progresivamente hacia la cobertura del 70–100 % del gasto energético, idealmente individualizado mediante calorimetría indirecta, con un énfasis prioritario en el aporte proteico para atenuar la pérdida de masa magra y mejorar la recuperación. Finalmente, en la fase de recuperación, se optimiza el anabolismo, se atenúan las respuestas inflamatorias y la terapia nutricional debe ajustarse para favorecer rehabilitación, crecimiento y restitución funcional. Comprender estas fases permite planificar una terapia nutricional más segura, oportuna y eficaz.
Referencias bibliográficas:
Joosten, K. F. M., Kerklaan, D., & Verbruggen, S. C. A. T. (2016). Nutritional support and the role of the stress response in critically ill children. Current Opinion in Clinical Nutrition and Metabolic Care, 19(3), 226–233. https://doi.org/10.1097/MCO.0000000000000268
Orellana, R. A., & Coss-Bu, J. A. (2021). Metabolic alterations in the critically ill child: A narrative review. Pediatric Medicine, 4, 8. https://doi.org/10.21037/pm-20-64