La psicología del aprendizaje y la neurociencia han demostrado que el aprendizaje significativo depende de la motivación, la emoción, el clima del aula y la atención a la diversidad. En coherencia, enfoques como el Diseño Universal para el Aprendizaje (DUA) y las metodologías activas proponen aulas inclusivas, participativas y centradas en el estudiante. Sin embargo, en la práctica educativa persisten modelos tradicionales que priorizan la memorización, la homogeneidad y el cumplimiento de contenidos, lo que genera desmotivación y exclusión.
Si sabemos cómo aprende el cerebro y qué condiciones favorecen la motivación y el aprendizaje profundo, ¿por qué la práctica docente sigue reproduciendo modelos que limitan la participación, la emoción y la diversidad? ¿El docente es un agente de cambio con las competencias necesarias para transformar el aula o está condicionado por carencias formativas y exigencias del sistema educativo?