Desde el enfoque ético y antropológico, considero que la forma en que una organización concibe a su personal refleja profundamente sus valores. Históricamente, el trabajador ha sido visto como un objeto al servicio de la producción, lo que dio origen a términos como recurso humano, que tienden a reducir a la persona a una función o a un medio para lograr resultados.
Sin embargo, desde una perspectiva más humana y ética, el trabajador debe ser entendido como un sujeto, es decir, como una persona con dignidad, valores, emociones y capacidad de desarrollo. Por ello, resulta más adecuado hablar de talento humano, ya que este concepto reconoce las habilidades, conocimientos y potencial de cada individuo, y no solo su aporte productivo inmediato.
En cuanto a la noción de capital humano, aunque reconoce el valor estratégico del conocimiento, considero que no debe limitarse a una visión económica. Las personas no son únicamente capital que se gestiona, sino personas que se orientan, se acompañan y se desarrollan dentro de la organización. De igual manera, más allá de llamarlos trabajadores o empleados, lo esencial es reconocerlos como personas y no como piezas reemplazables.
Finalmente, una concepción ético-antropológica coherente implica promover el desarrollo profesional y humano, entendiendo que cuando una organización invierte en el crecimiento de su gente, no solo mejora su desempeño, sino que también fortalece su compromiso y sentido de pertenencia. En este sentido, una empresa verdaderamente ética es aquella que pone a la persona en el centro de su gestión.
Bibliografías:
Chiavenato, I. (2017). Gestión del talento humano (4.ª ed.). McGraw-Hill Education.
-
Cortina, A. (2013). Ética de la empresa: claves para una nueva cultura empresarial. Trotta.
-
Melé, D. (2012). Ética en la dirección de empresas. Pearson Educación.