Desde una perspectiva ético-antropológica, el personal en una empresa debe concebirse no como un objeto o instrumento de producción, sino como un sujeto y fin en sí mismo, poseedor de una dignidad intrínseca que trasciende cualquier contrato laboral. Bajo esta mirada, el término "recurso humano" resulta éticamente insuficiente al cosificar a la persona como un medio intercambiable, por lo que es preferible hablar de talento humano o, más propiamente, de personas en colaboración, reconociendo sus facultades superiores de inteligencia y libertad. Del mismo modo, aunque el concepto de "capital humano" resalta el valor de las competencias, la antropología personalista advierte que el individuo no es un activo financiero, sino una persona dirigida hacia el bien común mediante el ejercicio de su autonomía, donde el rol de "trabajador" prevalece sobre el de "empleado" por su carga de agencia y transformación creativa del mundo. En este contexto, el desarrollo profesional no se limita a la acumulación de destrezas técnicas, sino que se entiende como un proceso de crecimiento humano integral donde el trabajo permite al sujeto perfeccionarse y alcanzar su autorrealización. Esta visión integradora, que rechaza la deshumanización y promueve la empresa como una comunidad de vida, se sustenta en la propuesta de (Melé, 2015) donde se enfatiza que la subjetividad del trabajador debe estar siempre por encima de las exigencias del capital.
Bibliografía
Melé, D. (2015). Ética en la dirección de empresas: Casos y conceptos. Pearson Educación.