La epidemiología crítica plantea que los procesos de salud-enfermedad no son hechos biológicos aislados, sino el resultado de las condiciones sociales, económicas, culturales y políticas en las que viven las personas. Desde este enfoque, la salud de la población depende de la manera en que se estructuran las relaciones sociales, la distribución del poder y los recursos, y las formas de organización del Estado. Por ello, la determinación social no se entiende como un “factor” individual, sino como un proceso histórico que genera desigualdades y se expresa en diferentes modos de vivir, trabajar, enfermar y morir. En este sentido, las poblaciones con menores ingresos, menor acceso a educación, vivienda inadecuada o trabajos precarios enfrentan mayores probabilidades de enfermar, lo que evidencia que la inequidad social se convierte en un determinante estructural de la salud (Breilh, 2013).
Asimismo, la determinación social también influye en los factores individuales, los cuales no pueden analizarse como decisiones personales aisladas, sino como consecuencias de las condiciones de vida. Entre ellos destacan los estilos de vida, el nivel educativo, los ingresos personales, la ocupación, los factores biológicos y el estado emocional. Por ejemplo, el acceso a una alimentación saludable depende del poder adquisitivo, la posibilidad de realizar actividad física se relaciona con entornos seguros, y la estabilidad emocional se ve afectada por situaciones de estrés derivadas de la pobreza o la informalidad laboral. Estos factores individuales, aunque propios de cada persona, están profundamente condicionados por su posición socioeconómica, evidenciando que mejorar la salud colectiva exige transformar las condiciones estructurales y promover políticas públicas que reduzcan la inequidad social.
Breilh, J. (2013). La determinación social de la salud como herramienta de transformación hacia una nueva salud pública (salud colectiva).