Si en este momento de mi vida recibiera un diagnóstico de cáncer, siento que lo primero que se vería interrumpido no sería únicamente una agenda de actividades, sino la sensación de continuidad de mi vida tal como la conozco. En una etapa marcada por la formación, la proyección profesional y la construcción de sentido, el cáncer aparecería como una ruptura abrupta que obliga a detenerse, a replantear prioridades y a mirar el futuro desde un lugar profundamente incierto (Cruzado, 2010).
Muchas de las tareas que hoy sostienen mi identidad estudiar, trabajar, planificar, cumplir probablemente tendrían que ceder espacio al cuerpo, al tratamiento y a la necesidad de adaptación. Esta interrupción no solo sería práctica, sino también simbólica, ya que implica confrontarse con la pérdida de control, con la dependencia temporal y con una vulnerabilidad que no suele tener lugar en la narrativa cotidiana del “seguir adelante” (De Prado et al., 2003).
Más allá de lo visible, considero que una de las tareas más complejas que se vería afectada sería la capacidad de sostener una idea estable de futuro. El proceso oncológico exige aprender a vivir en el presente, a tolerar la incertidumbre y a reconstruir el sentido desde una lógica distinta, donde la adaptación emocional se vuelve tan central como el tratamiento médico. En este contexto, el acompañamiento psicológico resulta fundamental para ayudar a resignificar las pausas, las pérdidas y los cambios que el cáncer introduce en la historia personal (Cruzado, 2010).
Referencias
Cruzado Rodríguez, J. A. (2010). Tratamiento psicológico en pacientes con cáncer. Editorial Síntesis.
De Prado, C., Viteri, A., & Fuente, N. (2003). Aspectos psicológicos del paciente con cáncer. Gaceta Médica de Bilbao, 100(1), 28–31.