En el niño críticamente enfermo, más nutrición no siempre equivale a mejor recuperación. La prescripción nutricional debe alinearse cuidadosamente con la fase metabólica de la enfermedad, ya que un aporte excesivo —especialmente calórico— puede resultar perjudicial. Durante la fase ebb, el organismo prioriza la supervivencia, con hipometabolismo relativo y perfusión comprometida; forzar una nutrición completa en esta etapa puede aumentar la intolerancia metabólica. En la fase flow temprana, aunque existe hipermetabolismo, predomina un estado catabólico mediado por inflamación, donde el exceso calórico no se traduce en anabolismo efectivo.
En este contexto, el aporte proteico adquiere un rol más relevante que el calórico. La proteína es esencial para limitar la pérdida de masa magra, sostener la respuesta inmune y favorecer la recuperación, mientras que la sobrealimentación energética —especialmente con glucosa y lípidos— puede inducir hiperglucemia, lipogénesis hepática, aumento de CO₂ (dificultando el destete ventilatorio) y mayor riesgo de infecciones. Estudios como PEPaNIC han mostrado que una nutrición parenteral precoz y excesiva puede asociarse a peores desenlaces, reforzando la necesidad de evitar la sobreprescripción.
Desde la experiencia clínica, un ejemplo frecuente es el lactante con sepsis en fase flow temprana que recibe nutrición parenteral completa desde el primer día. A pesar de cubrir el 100% de las calorías estimadas, desarrolla hiperglucemia e hipertrigliceridemia, sin mejoría clínica, lo que obliga a reducir el aporte y priorizar una progresión enteral más fisiológica.
En conclusión, el soporte nutricional en el niño críticamente enfermo debe ser individualizado, progresivo y estratégicamente ajustado, priorizando proteína adecuada y evitando la sobrealimentación calórica, entendiendo que nutrir mejor no siempre significa nutrir más.