Desde mi formación médica y el enfoque adquirido en la maestría de nutrición pediátrica, he comprendido que en el niño críticamente enfermo más nutrición no siempre equivale a mejor evolución clínica.
Durante la fase aguda de la enfermedad, el organismo entra en un estado de adaptación al estrés, con inflamación sistémica, resistencia a la insulina y un metabolismo predominantemente catabólico. En este contexto, aportar grandes cantidades de energía de forma temprana, especialmente a base de carbohidratos, puede resultar perjudicial y no necesariamente mejorar el pronóstico.
Un aspecto clave es entender la relación entre la fase metabólica y el aporte nutricional. En las primeras etapas, el objetivo no debe ser cubrir el 100 % de los requerimientos calóricos, sino evitar la sobrealimentación y adaptar el soporte de manera progresiva. En este escenario, la proteína adquiere un rol prioritario, ya que su aporte adecuado ayuda a limitar la pérdida de masa muscular y favorece la recuperación, incluso cuando el aporte calórico total es moderado.
La experiencia clínica muestra que una prescripción nutricional inadecuada puede generar complicaciones metabólicas, como hiperglucemia, sobrecarga hepática, aumento de la producción de CO₂ e infecciones asociadas. He observado pacientes pediátricos en UCI que, con la intención de prevenir la desnutrición, reciben aportes calóricos excesivos desde fases muy tempranas, lo que termina complicando su evolución clínica.
En conclusión, el soporte nutricional en el niño crítico debe ser individualizado y dinámico, basado en la fisiopatología y en la fase de la enfermedad. Más que “dar más nutrición”, el verdadero reto es dar la nutrición adecuada, en el momento oportuno, priorizando la proteína y evitando intervenciones que, aunque bien intencionadas, puedan resultar dañinas.