En el niño críticamente enfermo, la nutrición es una parte clave del tratamiento, pero aportar más nutrientes no siempre significa una mejor evolución. Durante las fases iniciales de la enfermedad crítica (ebb y flow temprana), el organismo se encuentra en un estado hipercatabólico e inflamatorio, lo que limita su capacidad para utilizar grandes cantidades de energía. En este contexto, intentar cubrir de forma precoz el total de los requerimientos calóricos puede resultar perjudicial.
Actualmente se reconoce que el aporte de proteínas es más relevante que el exceso de calorías, ya que ayuda a preservar la masa muscular y a mejorar el balance nitrogenado. En cambio, la sobrealimentación calórica puede provocar hiperglucemia, aumento del trabajo respiratorio, alteraciones hepáticas e intolerancia gastrointestinal, sin aportar beneficios clínicos claros.
Un ejemplo frecuente en la práctica clínica es el de un niño con sepsis en UCI que recibe nutrición enteral completa desde etapas tempranas y desarrolla hiperglucemia y mala tolerancia digestiva. Al ajustar el aporte energético y priorizar la proteína, suele observarse una mejor tolerancia y estabilidad metabólica.
Por ello, el soporte nutricional debe adaptarse a la fase metabólica y a la condición clínica del paciente, evitando la sobrealimentación y entendiendo la nutrición como una intervención terapéutica que requiere precisión y ajuste continuo.
Referencia Bibliográfica
Mehta, N. M., et al. (2017). Guidelines for the provision and assessment of nutrition support therapy in the pediatric critically ill patient. Journal of Parenteral and Enteral Nutrition, 41(5), 706–742. https://doi.org/10.1177/0148607117711387