En la Fábula de las mariposas yo lo leo clarísimo: una cosa es mirar de lejos y volver con una explicación (“es la luz”), y otra es acercarse tanto que terminas confundiéndote con el fuego. En oncología, sí creo que el profesional de salud debe implicarse con el paciente, porque el cáncer no atraviesa solo el cuerpo: atraviesa la historia, los vínculos, el miedo, la ansiedad, la ira, la depresión, las necesidades espirituales (culpa, perdón, paz interior) y también lo social (la demanda de consideración y de no abandono) (Sanz y Modolell, 2004).
Además, cuando una persona enferma, lo hace de forma integral, no “en parcelas”, y por eso la práctica clínica no debería reducirse únicamente al cuidado físico, sino prestar atención también al estado mental, emocional y al apoyo espiritual. El problema es que muchas veces el personal sanitario atiende lo biológico pero descuida las reacciones emocionales, lo que termina haciendo que el paciente perciba una relación fría o distante (Sanz y Modolell, 2004).
Pero implicarse no significa fusionarse. Acompañar a alguien que está enfrentado con su propia muerte es una labor demandante, agotadora y estresante, aunque profundamente valiosa; y por eso la implicación debe ser humana pero regulada, porque si el profesional se “quema”, deja de sostener (Sanz y Modolell, 2004).
En este punto, el psicooncólogo es clave dentro del equipo: la psicooncología surge justamente de la necesidad de dar apoyo psicoemocional, y una de sus dimensiones centrales es atender la respuesta emocional del paciente, la familia y también de quienes lo cuidan durante todo el proceso de enfermedad (Holland, citado en Sanz y Modolell, 2004). Y cuando el psicooncólogo está realmente integrado en el servicio (Modelo Fundacional), puede acompañar desde el primer contacto y en momentos críticos como diagnóstico, tratamientos, hospitalizaciones, revisiones, recaídas o fase terminal, con una intervención preventiva y continua, accesible para todos (Sanz y Modolell, 2004).
En resumen: sí, en oncología hay que implicarse, porque sin implicación el cuidado se vuelve frío y la persona se siente sola dentro de algo que ya es demasiado. Pero implicarse no es arder: es acompañar con humanidad, ética y límites, sin perderse dentro de la llama (Sanz y Modolell, 2004).
Referencia
Sanz, J., & Modolell, E. (2004). Oncología y psicología: Un modelo de interacción. Psicooncología, 1(1), 3–12.