¿Cree que el profesional de la salud en el ámbito de la oncología debería o no implicarse con el paciente? ¿Por qué?
La Fábula de las Mariposas nos presenta una poderosa
metáfora sobre los niveles de aproximación al sufrimiento ajeno. En el contexto
de la psicooncología, la tercera mariposa representa el riesgo de la fusión
emocional, donde la pérdida de límites puede conducir al desgaste profesional o
burnout. No obstante, quedarse en la distancia de la primera mariposa (la de la
simple observación técnica) resultaría en una atención insensible y fría que
ignora la realidad del paciente.
Desde mi perspectiva, considero que el profesional de la
salud sí debe implicarse, pero bajo un modelo de implicación empática y
deliberativa. Como bien señala Barbero (2015), el paciente no solo busca curar
su patología, sino que demanda ser atendido en las variables que repercuten en
su salud global. Esto requiere que el equipo atienda no solo la “biología” del
tumor, sino la “biografía” de la persona, lo cual es imposible de lograr sin un
grado de compromiso emocional que permita dar palabras al dolor y descubrir la
verdad subjetiva de quien padece la enfermedad (Daniel, 2015).
Sin embargo, para evitar el destino de la tercera mariposa,
esta implicación no debe ser un acto de trabajo individual, sino un proceso
sostenido por el trabajo en equipo interdisciplinar. En un Modelo Integrado, el
psicooncólogo no es un agente externo, sino un integrante que comparte espacios
y decisiones. Esta sinergia de competencias compartidas actúa como un factor de
protección: permite que el profesional se acerque a la “llama” del sufrimiento
con herramientas de comunicación y soporte mutuo (donde el equipo sostiene al
profesional para que este pueda sostener al paciente y a su familia),
distribuyendo la carga emocional para que esta no resulte destructiva.
No obstante, la implicación conlleva riesgos que deben
gestionarse mediante la formación. Como indica Cruzado (2015), el psicooncólogo
debe adquirir competencias en el manejo de situaciones estresantes y
habilidades de comunicación. La meta no es quemarse como la tercera mariposa,
sino desarrollar una escucha activa que permita al paciente reintegrar su
historia. La formación técnica es el escudo que permite al profesional
acercarse a la “llama” del sufrimiento sin ser destruido por ella, es decir, implicarse
de manera saludable.
Finalmente, tal como proponen Sanz y Modolell (2004), un
modelo de integración real permite que el acompañamiento sea continuado y
preventivo y no solo una respuesta reactiva ante una crisis. En conclusión, la implicación es una necesidad terapéutica
para garantizar la calidad asistencial y en definitiva, la implicación
gestionada dentro de un equipo de salud es lo que permite que el sistema
sanitario responda con efectividad a la complejidad del cáncer.
Referencias:
- Barbero, J. (2015). Claves para el trabajo en equipo en psicooncología. Pp. 29–38. En Counselling y Psicoterapia En CáNcer. España: Elsevier.
- Cruzado, J. (2015). Formación en Psicooncología. Pp. 13–19 En Counselling y Psicoterapia En CáNcer. España: Elsevier.
- Daniel, E. (2015). El Quehacer del Psicooncólogo. Pp. 20–28. En Counselling y Psicoterapia En CáNcer. España: Elsevier.
- Sanz, J., & Modolell, E. (2004). ONCOLOGÍA Y PSICOLOGÍA: UN MODELO DE INTERACCIÓN. PSICOONCOLOGÍA. Vol. 1, Núm. 1, Pp. 3-12.