Desde la ética y la antropología, el personal de una organización debe ser entendido ante todo como persona, no como un simple objeto de producción. El ser humano posee dignidad, libertad y capacidad de decidir, y no puede ser tratado como un simple “recurso” o a un “capital” económico. Cuando la empresa concibe al trabajador solo como recurso humano, corre el riesgo de instrumentalizarlo y valorarlo únicamente por su utilidad (Cortina, 2000).
Una postura ético-antropológica plantea hablar de talento humano, ya que este término reconoce las capacidades, habilidades y potencial de crecimiento de cada persona. Además, considera al trabajador como un sujeto activo, capaz de aportar creatividad, responsabilidad y compromiso a la organización. Desde esta perspectiva, las personas no deben ser vistas solo como empleados que obedecen, sino como colaboradores que participan y se desarrollan.
Asimismo, el trabajo no es solo una actividad económica, sino un medio de realización personal y social. Por ello, el desarrollo profesional del personal es una responsabilidad ética de la empresa, que debe crear condiciones justas, respetuosas y humanas. En conclusión, desde la ética empresarial, el personal debe ser concebido como talento humano con dignidad, y no únicamente como un recurso al servicio del beneficio económico.
Bibliografía
Cortina, A. (2000). Ética de la empresa: claves para una nueva cultura empresarial. Madrid