Desde una perspectiva ético-antropológica, el personal de una organización debe concebirse ante todo como persona, es decir, como un sujeto con dignidad, libertad, racionalidad y capacidad de trascendencia. La ética reconoce que el ser humano no puede reducirse a un medio para alcanzar fines económicos, sino que es un fin en sí mismo. Por ello, considerarlo únicamente como “recurso humano” implica cosificarlo y limitar su valor a su productividad. En cambio, hablar de talento humano supone reconocer su singularidad, su creatividad y su potencial de desarrollo, lo cual se alinea mejor con una visión antropológica integral del ser humano.
Del mismo modo, más que capital humano o simple fuerza laboral dirigida, el trabajador debe ser entendido como colaborador estratégico y protagonista del desarrollo organizacional. Las empresas no solo gestionan tareas, sino personas con proyectos de vida, aspiraciones y necesidades de crecimiento profesional y personal. Desde esta concepción, el desarrollo profesional no es solo una inversión para aumentar la rentabilidad, sino un compromiso ético con el florecimiento humano. En consecuencia, la organización que adopta una visión centrada en la persona construye relaciones más justas, sostenibles y coherentes con una administración verdaderamente humana.
Referencias
Cortina, A. (2007). Ética de la empresa: Claves para una nueva cultura empresarial. Madrid, España: Trotta.
Saldarriaga, J. G. (2013). La gestión humana: Tendencias y perspectivas. Revista Escuela de Administración de Negocios, (75), 220-235.