La evaluación psicológica en psicooncología constituye una base clínica indispensable para comprender de manera integral la experiencia del paciente con cáncer. Su importancia radica en que el malestar emocional no puede considerarse un fenómeno secundario, sino una dimensión central del proceso oncológico, al punto de ser conceptualizado como el “sexto signo vital” dentro de la atención en cáncer (Bultz & Carlson, 2006). Esto responde a que el diagnóstico y tratamiento oncológico se asocian frecuentemente con ansiedad, incertidumbre, miedo a la progresión y alteraciones en la identidad y en el funcionamiento cotidiano (Cruzado, 2010).
En este marco, resulta fundamental diferenciar entre la entrevista clínica y los instrumentos de evaluación. La entrevista psicológica permite explorar el motivo de consulta, el malestar subjetivo, el contexto relacional y los significados atribuidos a la enfermedad, facilitando una comprensión contextualizada del caso (Maristany & Fernández-Álvarez, 2008). Por su parte, los instrumentos de evaluación aportan datos sistemáticos y comparables que permiten objetivar variables clínicas, contrastar hipótesis y orientar la intervención (Abreu et al., 2020). No obstante, en psicooncología su uso no debe reducirse a una lógica diagnóstica categorial, sino integrarse en una formulación clínica que articule síntomas, recursos y contexto (Cruzado, 2010).
En este sentido, evaluar únicamente síntomas emocionales resulta insuficiente. Es necesario considerar también los recursos de afrontamiento y factores protectores, ya que estos median la adaptación psicológica, la percepción de la enfermedad y la capacidad de adherencia al tratamiento (Lazarus & Folkman, 1984). De hecho, el afrontamiento se define como el conjunto de esfuerzos cognitivos y conductuales orientados a manejar las demandas internas y externas percibidas como desbordantes (Lazarus & Folkman, 1984).
Entre los instrumentos más utilizados para evaluar afrontamiento en pacientes oncológicos se encuentra el Cuestionario COPE, que evalúa múltiples estrategias como afrontamiento activo, planificación, búsqueda de apoyo social, evitación, negación y reinterpretación positiva (Carver et al., 1989). Su relevancia radica en que permite identificar perfiles de afrontamiento adaptativos o desadaptativos, lo cual es clave para diseñar intervenciones dirigidas a fortalecer estrategias activas y reducir patrones evitativos que pueden incrementar el malestar o interferir con el tratamiento (Cruzado, 2010).
Otro instrumento es el CAEPO (Cuestionario de Afrontamiento al Estrés para Pacientes Oncológicos), específicamente diseñado para población con cáncer (González, 2004). Este evalúa estilos de afrontamiento vinculados directamente con la experiencia oncológica, como la desesperanza, la preocupación ansiosa o el afrontamiento positivo. Su especificidad lo convierte en una herramienta especialmente útil para comprender cómo el paciente está significando y enfrentando la enfermedad, facilitando intervenciones más ajustadas al contexto clínico (González, 2004).
Finalmente, la Escala de Estilos Conductuales de Miller (MBSS) permite identificar si el paciente presenta un estilo de “monitoring” (búsqueda activa de información) o “blunting” (evitación de información) (Miller, 1987). Este aspecto es particularmente relevante en oncología, ya que influye en la forma en que el paciente procesa la información médica, toma decisiones y se vincula con el tratamiento. Por ejemplo, pacientes con estilos evitativos pueden requerir intervenciones graduales de psicoeducación para favorecer su adherencia (Cruzado, 2010).
En conclusión, la evaluación del afrontamiento permite ir más allá de la descripción sintomática para comprender cómo el paciente enfrenta la enfermedad, qué recursos moviliza y qué dificultades interfieren en su adaptación. Esto tiene implicaciones directas en la adherencia al tratamiento, ya que estrategias de afrontamiento más activas y orientadas al problema se asocian con mayor compromiso terapéutico (Lazarus & Folkman, 1984). Por ello, la evaluación psicológica en psicooncología debe orientarse hacia una formulación clínica comprensiva que articule síntomas, recursos y contexto, permitiendo diseñar intervenciones específicas y ajustadas a las necesidades del paciente (Cruzado, 2010).
Referencias
Abreu, M., et al. (2020). Evaluación psicológica en psicooncología.
Bultz, B. D., & Carlson, L. E. (2006). Emotional distress: The sixth vital sign—future directions in cancer care. Psycho-Oncology, 15(2), 93–95.
Carver, C. S., Scheier, M. F., & Weintraub, J. K. (1989). Assessing coping strategies: A theoretically based approach. Journal of Personality and Social Psychology, 56(2), 267–283.
Cruzado, J. A. (2010). Tratamiento psicológico del cáncer. Madrid: Síntesis.
González, M. T. (2004). Cuestionario de Afrontamiento al Estrés para Pacientes Oncológicos (CAEPO).
Lazarus, R. S., & Folkman, S. (1984). Stress, appraisal, and coping. New York: Springer.
Maristany, M., & Fernández-Álvarez, H. (2008). Modelos de evaluación psicológica clínica.
Miller, S. M. (1987). Monitoring and blunting: Validation of a questionnaire to assess styles of information seeking under threat. Journal of Personality and Social Psychology, 52(2), 345–353.