La evaluación de la tolerancia no debe basarse en un único parámetro, sino en un conjunto de indicadores clínicos y paraclínicos. Tradicionalmente, el volumen residual gástrico (VRG) ha sido el estándar; sin embargo, la evidencia actual sugiere que un VRG aislado no es un predictor fiable de intolerancia y puede llevar a una interrupción innecesaria de la nutrición.
Los criterios más robustos incluyen:
Signos Gastrointestinales: Presencia de distensión abdominal significativa, vómitos persistentes o cambios en las características de las evacuaciones (diarrea osmótica o sangre en heces).
Estabilidad Hemodinámica: La tolerancia depende directamente de la perfusión esplácnica. Pacientes con dosis crecientes de vasopresores o lactato sérico en ascenso suelen presentar mayor riesgo de isquemia intestinal y, por ende, intolerancia.
Parámetros Metabólicos: Monitorización de la glucemia (evitando la hiperglucemia persistente), niveles de triglicéridos y balance de nitrógeno.
Ecografía a pie de cama: Una herramienta emergente para evaluar el vaciamiento gástrico y la motilidad antral de forma objetiva.
Desde una perspectiva clínica, considero que el paradigma está cambiando de un enfoque "restrictivo" (suspender la dieta ante cualquier residuo) a uno "proactivo". La nutrición enteral precoz (dentro de las primeras 24-48 horas) es una intervención terapéutica, no solo de soporte, ya que preserva la barrera intestinal y modula la respuesta inflamatoria. Mi opinión es que la monitorización de la distensión abdominal y el confort del paciente son mucho más valiosos que la medición rutinaria del residuo gástrico. Es fundamental evitar la desnutrición iatrogénica; cada hora que un niño crítico pasa en ayuno innecesario impacta directamente en su morbimortalidad y en su recuperación funcional a largo plazo. La clave reside en la individualización: un protocolo de nutrición debe ser dinámico y ajustarse al flujo metabólico de la fase de flujo (flow phase) de la enfermedad crítica.
Bibliografía
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